Construcción de la Catedral

Las obras de la Catedral de Santiago empiezan en 1075 por la Capilla del Salvador, en tiempos del obispo Diego Peláez y con Alfonso VI como rey. Así se lee en las inscripciones de sus capiteles y muros. Las obras serán encomendadas, según recoge el Códice Calixtino, al Maestro Bernardo el viejo, junto a Roberto y otros cincuenta canteros.

Las turbulencias políticas que se suceden unos años después acaban con el prelado en la cárcel en 1087, lo que supone un primer alto en las obras hasta que la figura de Diego Gelmírez irrumpe en la historia de Compostela en 1093 como administrador. En 1095 la sede de Iria se traslada a Santiago, y en 1101 se le nombra obispo de Santiago, lo que supone que tiene autoridad para dar un fuerte impulso a las obras de la basílica.

Así, en los años siguientes se retoma la obra interrumpida posiblemente tras levantar las tres capillas centrales de la girola, y en 1105 ya se puede consagrar un crucero prácticamente terminado con sus dos fachadas laterales y tras haber acortado un tramo la iglesia de la Corticela.

En cuanto a quién estaba a cargo de las obras, se ha especulado con varios nombres, como Bernardo el Joven, nieto del primer maestro o de Esteban, aunque se suele hablar de un maestro llamado de Platerías cuya filiación real se desconoce. El avance de las obras continúa a buen ritmo, de modo que la vieja basílica de Alfonso III supone ya un estorbo y se decide derribarla en 1112.

Pocos años después las revueltas de 1117 contra el obispo Gelmírez causan grandes estragos en lo ya construido, haciendo necesario acaso la utilización en las dañadas fachadas del crucero de algunas piezas que posiblemente iban destinadas a la fachada occidental, aún lejos de empezarse a levantar.

Retornado Gelmírez a su sede, reconstruye su palacio episcopal al lado norte de la Catedral de Santiago. Al mismo tiempo prosigue las obras de esta, ya con la autoridad que le confiere el hecho de lograr en 1120 ser nombrado arzobispo, merced a sus buenas relaciones con Roma. Ello facilita también que Santiago sea elevada a sede metropolitana en detrimento de Mérida, aún sin reconquistar a los musulmanes.

El Códice Calixtino y la Historia Compostelana sitúan el fin de las obras en 1122 y 1124 respectivamente. Sin embargo, el primero de los libros, tras describir detalladamente las fachadas que sí estaban rematadas, al referirse a la occidental da solo unas simples pinceladas de su aspecto, con la excusa de una supuesta magnificencia que hace imposible describirla. Está claro que nada de ella estaba aún en pie, habida cuenta además de que el rey Fernando II firma en 1168 con el Maestro Mateo – ya a cargo de las obras de la iglesia, según consta – un contrato para finalizar la construcción de la iglesia y, por tanto, de su fachada occidental también. Mateo recibe una importante pensión vitalicia, lo que unido a que se le cita por el nombre indica su prestigio ya por aquel entonces.

Construye los dos últimos tramos del cuerpo principal (en la tribuna está inscrito “Gudesteo”, haciendo referencia al arzobispo Pedro Gudestéiz) sin apenas alteraciones con el diseño preexistente, y da rienda suelta a su genio y conocimientos importados de Francia, donde levanta el Pórtico de la Gloria.

Para salvar el desnivel de terreno existente hacia ese lado, donde ya no había llegado la vieja basílica de Alfonso III, Mateo levanta una cripta que soporta toda la estructura y cuyo gran pilar compuesto central corresponde con el parteluz del Pórtico. Llamada por error muchas veces “Catedral vieja” por lo elaborado de su planta – una pequeña cruz latina con deambulatorio y esbozadas capillas abiertas a él como en la basílica superior –, las claves de sus bóvedas con el sol y la luna inician un mensaje apocalíptico que desarrolla en el Pórtico de la Gloria y remata en la tribuna superior. Allí un Cordero Místico alumbra la Ciudad de Dios que vendrá tras el fin de los días.

El primero de abril de 1188 se colocan los dinteles del Pórtico, y se sigue con su erección. Una vez la cripta y el Pórtico están terminados, y construido el coro de piedra que ocupa los primeros tramos de la nave central, se remata la iglesia con la fachada occidental mateana, permanentemente abierta al exterior por grandes arcadas que se correspondían con los arcos interiores del Pórtico de la Gloria y con el “gran espejo”. Así se denomina en el siglo XVI al rosetón central, el cual es una muestra más del avance hacia el gótico que supone el taller del Maestro Mateo.

Ante la fachada, una logia similar a la actual se abría sobre una explanada frente a la muralla de Santiago y sus torres defensivas. La anterior cerca había sido allanada también hacia 1120 para permitir el avance del brazo mayor de la basílica. Esta terraza no tendría accesos desde el terreno, sino que para entrar a la Catedral desde ese lado se haría a través de dos estrechas escaleras al fondo de la cripta, aún practicable la del lado norte.

Por fin, el 21 de abril de 1211 y en presencia del arzobispo Pedro Muñiz y de Alfonso IX, se consagra solemnemente la Catedral de Santiago. Es la misma que perdura, con las transformaciones que comentaremos, hasta nuestros días. Colocadas en diversos puntos del templo, aún hoy se ven en su interior las cruces de consagración que acompañaron al ritual de consagración ese día.

La ciudad estaba rodeada de dos kilómetros de murallas y apenas empezaban a trazarse las principales rúas del casco histórico

Por esas fechas el estilo románico estaba quedando superado por los avances del gótico, y pocas décadas después, hacia mediados del siglo XIII el arzobispo don Juan Arias pretende construir una gran cabecera en el nuevo estilo. De haberse concluido supondría la casi total ocupación de la actual plaza de la Quintana, además de convertir la planta en una cruz griega y darle un aspecto muy diferente del que hoy tiene. Sin embargo, con la muerte del prelado el plan cae en el olvido y solo queda hoy de las obras parte del perímetro previsto bajo las escaleras de la Quintana y a un lado de la cabecera románica.

Sí se llegó a levantar en ese mismo siglo un claustro adosado al sur de la nave central. Aunque ya Gelmírez tuvo la intención de levantar uno románico, parece que este nunca se llegó a hacer. El gótico fue sustituido por el actual plateresco, más grande, y en un nivel superior.

También son los siglos XIII y XIV testigos de otros añadidos y transformaciones sobre el original románico. Al claustro y cimborrio más alto que el original románico se une la construcción de capillas que empezaron a alterar las cuatro románicas semicirculares del crucero y las cinco de la cabecera. Las más antiguas son la de Nuestra Señora la Blanca o de los España, y la de Sancti Spiritus.

Será en estos siglos también cuando ante la turbulenta situación que se venía dando en contra de los prelados compostelanos se refuerce con almenas toda la parte superior de la Catedral, aprovechando que sus cubiertas eran terrazas escalonadas transitables. Con idéntico fin defensivo, se construyen las torres de la Trinidad y la Berenguela frente a la puerta occidental, y un gran torreón llamado del arzobispo Gómez Manrique en uno de los ángulos del claustro. Ya en el siglo XV, una nueva torre defensiva junto a la portada sur será la base de la actual torre del reloj.

Además, en esta misma centuria y en la siguiente se multiplican las transformaciones en las capillas: la de Mondragón, la de Prima, la funeraria de don Lope de Mendoza, la de San Fernando y la de las Reliquias, así como las demás que se abren al claustro, y la sacristía.

Es desde 1521 cuando se va a empezar a construir un nuevo claustro plateresco sobre el antiguo, que había sufrido numerosos daños en las revueltas. Su construcción se prolongará hasta 1590, con trazas de Juan de Álava.

Es también el Renacimiento cuando se empieza la tradición de una Puerta Santa de utilización exclusiva en los años jubilares, a imitación de Roma, y se empieza a dar forma al exterior tal y como hoy lo conocemos.

En la fachada del Obradoiro, el gran arco de Mateo que nunca se cerraba es derribado para colocar en su lugar dos puertas con sus jambas, dinteles y parteluz que comenzarán a desvirtuar la vieja fachada medieval, abocada a caer fruto de su costosa conservación y de nuevos gustos en el barroco.

Al interior, y tras algunas modificaciones en los últimos años del XVI, y apenas iniciado el XVII se derriba el coro pétreo de Mateo para poner en su lugar uno manierista de madera más acorde a las nuevas disposiciones tras el Concilio de Trento y al gusto del momento. Lo diseñan Juan da Vila y Gregorio Español.

Por los mismos años, Ginés Martínez estaba levantando las escaleras que aún hoy dan acceso a la puerta del Obradoiro, reutilizando para ello algunos sillares del coro dados la vuelta para usarlas como piedras lisas. Esto facilitó la reconstrucción del coro efectuada en la década de 1990 y hoy expuesta en el Museo de la Catedral.