Transformaciones en el exterior de la Catedral

Es precisamente en los siglos XVII y XVIII cuando se darán las mayores transformaciones que dejan la Catedral de Santiago casi tal y como hoy la podemos rodear por el exterior y al visitar el interior. Además, el barroco trae un interés por el urbanismo que afectará también a la urbanización de los espacios adyacentes al templo con sus grandes plazas y majestuosos edificios vecinos, casi todos ellos además relacionados con la basílica como la Casa del Cabildo, la del Deán o la de la Conga.

El canónigo Vega y Verdugo, hacia la mitad del siglo XVII pone en marcha un ambicioso plan de reformas que comienzan por la cabecera. Aquí, tras muchos siglos de obras, añadidos, reformas, desórdenes… y habida cuenta de que la Quintana era uno de los espacios más concurridos de la ciudad y en él se celebraba el mercado, se enterraba a muchos de los difuntos y se realizaban gestiones en las casas consistoriales próximas, el aspecto de la parte oriental de la Catedral era ya un verdadero caos de entrantes, salientes, muros y capillas. Además, esta falta de coherencia e irregularidad, se veían acentuados por el sencillo y monumental muro de líneas puras y sobrias del convento de Antealtares que se había construido unas décadas antes.

José de la Peña de Toro proyecta pues la fachada de la Quintana que encierra todas las capillas posteriores y en la que se abren el Pórtico Real, la Puerta Santa, y la Puerta de los abades, además de otro espacio utilizado para el reparto de la Comunión a los romeros. Queda tras este muro integrado dentro de la Catedral la antigua iglesia de la Corticela, comunicada con la nave norte por una escalera construida al fondo de la vieja capilla de San Nicolás, aunque conservará su portada de influencia mateana. Al mismo tiempo que se cierra la fachada oriental, se sustituyen las almenas, ya innecesarias, por una crestería barroca de balaustres y pináculos de gusto barroco.

El claustro, que se había empezado a rodear con nuevas dependencias de servicio como el Tesoro en la plaza de las Platerías, de Rodrigo Gil de Hontañon (1540), y con su novedosa torre escalonada, se completa en los siglos XVI, XVII y XVIII en su exterior. Hacia el Obradoiro trabajan en ese cierre Gaspar de Arce y Juan de Herrera, con adiciones de Jácome Fernández (Torre de la Vela), ya en el XVII y Lucas Caaveiro tras un incendio en 1751. Por otro lado, en 1720, Fernando de Casas añade una pequeña fachada abierta hacia la Plaza de las Platerías, y unos años antes, en 1705, Simón Rodríguez ingenia la gran concha jacobea que sostiene, en esta misma plaza, unas escaleras que unen las naves con el Tesoro.

Pero es sin duda la fachada del Obradoiro la obra que más influirá en el aspecto definitivamente barroco que tiene al exterior la Catedral de Santiago. El viejo hastial medieval con la cripta mateana debajo y su logia exterior habían empezado a cambiar cuando en el XVI se cierra con puertas y modifican los arcos medievales, y con la escalinata monumental de inicios del XVII.

La fachada románica estaba ya pasada de moda, se había tenido que reforzar una de las torres laterales, y el gran rosetón con vidrios emplomados de su calle central requería de costosas reparaciones. Así pues, se encarga en 1738 su derribo y la construcción de una nueva acorde al nuevo estilo barroco que fuera además una apoteosis de Santiago y de la monarquía española, representados por la figura de Santiago Peregrino venerado por reyes, Atanasio, Teodoro, Santiago Alfeo, Santa Salomé, el Zebedeo, el escudo real...

Se encarga el importante cometido de la nueva fachada principal de la Catedral de Santiago a Fernando de Casas, quien no desmonta por completo todo lo anterior, conocedor de que si retira alguna de las estatuas columnas de Mateo que sostienen la bóveda del Pórtico, todo ese nártex se vendrá abajo.

Reutiliza, asimismo, los cubos inferiores de las dos torres laterales de la fachada (la de la carraca la norte y de las campanas la sur), pero las iguala en altura y diseña sus cuerpos superiores en disminución de volúmenes hasta los capulines superiores, todo ello cuajado de rocallas, decoración vegetal, entrantes y salientes, blasones al gusto del barroco. En el centro, sobre el nuevo “gran espejo”, el escudo del cabildo de Santiago, con el sarcófago del Apóstol, la estrella encima y el coro de ángeles que anunciaron a Pelagio su ubicación.

La misma solución de elevar un remate barroco sobre un cuerpo inferior medieval se había utilizado en la cúpula que corona el cimborrio gótico, y, sobre todo, en la torre del reloj, surgida como un cubo defensivo desde 1468 y reconvertida en una torre de uso totalmente religioso y civil con el cuerpo superior que levanta Domingo de Andrade en el último tercio del siglo XVII. En él campea desde 1831 un reloj de Andrés Antelo que marca con una sola aguja las horas en sus cuatro esferas de mármol blanco calado. En los cuerpos superiores, las campanas de las horas y los cuartos del siglo XVIII dieron paso a las actuales a finales del siglo XX, tras haberse rajado el bronce en las antiguas. Hoy se exponen en el claustro de la Catedral de Santiago.