Fachada del Obradoiro

La Fachada del Obradoiro, de estilo barroco, consta de un cuerpo central envuelto por dos torres de 74 metros de altura, la de la Carraca a la izquierda y la de las Campanas a la derecha.
El cuerpo central lo preside la imagen de Santiago el Mayor con atuendo de peregrino rodeado de ángeles con la cruz de Santiago y los reyes españoles arrodillados a sus pies. Más abajo la tumba del apóstol Santiago rodeado de sus discípulos Santiago, Teodoro y Atanasio.
Su construcción comienza en el año 1738. El proyecto lo realiza Fernando de Casas que fallece unos meses antes de concluir la obra en 1750.

Comentario sobre la Fachada del Obradoiro

La Fachada Medieval o Maetana (anterior a la actual fachada del Obradoiro)

Aunque mucha gente piensa que la fachada original románica de la catedral, por su cara occidental, era el propio Pórtico de la Gloria y que sería revestido por la barroca de Fernando de Casas a partir de 1738, la verdad es que hubo una fachada exterior medieval ya desde la consagración del templo en 1211. Se encargó de levantarla el mismo taller del Maestro Mateo, que desde 1168 se ocupó de rematar la construcción de la Catedral.

Es cierto que, si bien el Pórtico no era la fachada, sí que formaba parte de ella. La portada se abría con un gran arco central y dos laterales que se correspondían con los del Pórtico y, por tanto, con las naves de la iglesia. Además, estos arcos no tenían puertas. La catedral siempre estaba abierta para recibir fieles y peregrinos. Los personajes del pórtico se proyectaban hacia el exterior, completando el mensaje Apocalíptico del tímpano central.

En el siglo XVI, con el añadido de jambas, dinteles y puertas a estos arcos, comenzó una mutilación que sería completada en el siglo XVIII, al levantarse la majestuosa fachada barroca actual, imagen reconocida en el mundo entero, pero que nos priva de conocer la original, salvo por algunos dibujos del canónigo Vega y Verdugo de mediados del siglo XVII. En ellos aparecen ya las escaleras de inicios de esta misma centuria y algunas otras modificaciones sobre la fábrica primitiva.

Precisamente, el acceso a esta fachada occidental es motivo de controversia. No existen evidencias documentales ni arqueológicas de ninguna escalera o rampa que subiera desde el exterior; lo cual ha llevado a pensar a muchos estudiosos que el acceso por este lado occidental se efectuaría, siguiendo modelos franceses, a través de la cripta que Mateo construyó como complemento del mensaje iconográfico del Pórtico y para salvar el desnivel del terreno. Desde esta fachada y por unas estrechas escaleras laterales, se accedería al templo, como aún hoy se hace por el lado sur de las naves. Ante los arcos de la fachada, siempre abiertos como se lee en el sermón Veneranda dies Papa Calixto, se abría una especie de terraza, como también hubo ante la catedral de Orense hasta 1975, sin escaleras de acceso. Esta otra catedral tiene también, tras la fachada occidental, el llamado Pórtico del Paraíso, de clara influencia compostelana.

De la original fachada medieval conservamos in situ los arranques de las dos torres laterales, aunque las maquillan en clave barroca los añadidos posteriores de delante y encima. Se han ido descubriendo algunos fragmentos del gran arco central, de las estatuas decorativas y del enorme espejo que maravillaba a las gentes que de toda Europa llegaban a Compostela en sucesivas excavaciones arqueológicas en otros puntos de la catedral y alrededores de Santiago. Esto permitió unas reconstrucciones parciales e hipotéticas muy verosímiles. Muchos de los fragmentos pueden verse expuestos en el Museo de la Catedral.

La gran y única arcada central la formaban dos arquivoltas. La mayor presentaba a ángeles alados portando cartelas, libros o en actitud de oración. No así los de la clave, que sujetan un disco solar y una luna; reforzando así el mensaje Apocalíptico del Pórtico de la Gloria, con los astros necesarios para iluminar el mundo exterior al que se abre ese arco, en contraposición a la luz divina de la Jerusalén Celeste después del Juicio Final. Por su parte, la otra arquivolta tendría una decoración vegetal de gusto mateano, por encima de una tracería de inspiración islámica y arcos trilobulados que cobijan florones. Algunas de sus dovelas están también en el Museo.

Menos sabemos de los arcos laterales exteriores, donde la decoración sería sin duda similar, pero más sencilla. Se cree que dos dovelas expuestas en las que unos demonios atacan a los genitales de un hombre y una mujer pertenecían a la arcada de la nave sur, reforzando el mensaje interior del Pórtico en ese lado, donde se muestra el Juicio de las almas con el castigo de los condenados y el paso a la gloria de los justos. Según esta teoría, ambas arcadas laterales exteriores redundarían en el mensaje de sus correspondientes al interior. Sobre ellas, como se ve en el dibujo de Vega y Verdugo del siglo XVII, dos rosetones de tracería geométrica dejaban pasar la luz a través de los óculos sobre los arcos laterales del Pórtico de la Gloria hasta el fondo de las naves.

La iluminación es una preocupación constante para Mateo. Así, aligeró la fachada todo lo posible colocando un cuerpo superior de ventanas bajo arco de medio punto, como las que recorren las naves de la catedral. Este cuerpo estaría separado del inferior, los vanos de entrada, por una cornisa con un tejaroz en la que se abren arquillos que cobijan cabezas aladas de ángeles, los cuales sostienen libros y cartelas. Algunas de estas piezas están también en el Museo. Sin embargo, la mayor cantidad de luz entraría sin duda por el que llaman “espejo grande”, es decir, el gran rosetón central de la parte superior de la fachada, cuyos vidrios emplomados podrían ser reparados a través de un pequeño pasillo al que se accedía desde las torres por la tribuna del Pórtico. El rosetón, reconstruido parcialmente en el Museo a partir de los fragmentos hallados y del dibujo de Vega y Verdugo, era de compleja tracería, combinando la decoración vegetal con los vanos mixtilíneos y en forma estrellada y de luna creciente. A su alrededor, cuatro ojos de buey aumentarían aún más la cantidad de luz interior. En las calles laterales, un poco más bajas que la central, otra ventana de vanos acaso ciegos, bajo arco mitrado y de medio punto, funcionaría a modo de primitivos arbotantes que canalizan presiones.

Tampoco sabemos demasiado de los personajes que Mateo dispuso en esta fachada exterior. Ni siquiera se ha identificado a ciencia cierta quiénes son los que aún se ven al interior de la fachada barroca, soportando los nervios de la bóveda. Fernando de Casas no los retiró para no provocar la ruina de todo el nártex. Algunos expertos quieren ver ahí a Judas Tadeo, a Virgilio, al Bautista, a la reina de Saba, a la Sibila Eritrea y a Balaam; que dialogan con las que tienen enfrente en un “Ordo Prophetaurum” o drama litúrgico medieval, en opinión del profesor Moralejo. Por encima de ellos están serafines y querubines con su multiplicación de alas adaptándose al espacio.

Los reyes David y Salomón que, desde el XVII, cuando tallaron su dorso inexistente en su colocación adosada original, coronan las escaleras del Obradoiro pudieron pertenecer al exterior del gran arco central. También se cree que pertenecían a esta fachada otras estatuas de diferentes colecciones, la identificación de la cuales ha dado lugar a diversidad de opiniones. Se ha pensado en personajes del Antiguo Testamento como Abraham, Isaac, Jacob, Ezequiel o Amós. En otra estatua, decapitada, se ha querido reconocer al rey Fernando II, promotor del fin de la catedral pero ausente en su programa iconográfico; a diferencia del artista, Mateo – muy probablemente representad por el Santo dos Croques -, y del arzobispo, Gudesteiz  - en la inscripción del cimacio de la tribuna -. Todas estas figuras completaban la fachada occidental mateana, y remataban del mensaje del Pórtico de la Gloria; suponiendo, además, una obra cumbre del románico europeo y el fin de la larga historia de la construcción de la catedral románica de Santiago.  


Construcción de la actual Fachada del Obradoiro. 

Entre los trabajos desarrollados bajo la dirección del Maestro Mateo, se encuentra el cerramiento occidental de la Catedral, completando el programa iconográfico desarrollado en el inmediato Pórtico de la Gloria. Éste permitía, a través de un gran arco central, la vista de la Catedral desde la plaza; que permanecía abierta día y noche, confirmando lo narrado por el Códice Calixtino, años antes de la construcción de esta fachada.

De acuerdo con la decisión tomada por el Cabildo, en el siglo XVI se alteró la parte central inferior de la portada. Fue para colocar unas puertas, debido a los incidentes que se sucedían por las noches en el interior de la Catedral. En los primeros años del siglo XVII, Ginés Martínez llevó a cabo la construcción de la escalinata, modificando los accesos a la Catedral por el oeste.

El mal estado de conservación que la fachada y especialmente de una de las torres presentaban en el s.XVIII, así como el deseo del Cabildo catedralicio de potenciar la presencia de Santiago el Mayor como testimonio de la importancia de la sede apostólica y del propio Capítulo, hicieron que se le encargase una de nueva a Fernando de Casas Novoa. Ésta, en recuerdo al taller de canteros abierto a sus pies, recibió el nombre de Fachada del Obradoiro.

En el año 1738, Fernando de Casas presentó su proyecto con un dibujo que todavía se conserva en el Archivo catedralicio, y aquel mismo año empezaron las obras. Su proyecto fue respetado en la construcción de la fachada, con pequeñas modificaciones que apenas se desvían de lo principal. Las obras se prolongaron hasta 1750.

El autor concibió para la fachada un gran tríptico pétreo, que se eleva sobre la plaza con fuerte sentido ascendente. Para ello aprovechó parte de la vieja fachada medieval, sobre la que se asentó el telón barroco de la nueva, e incrementó la altura con nuevos tramos sobre los prismas medievales. También dio importancia a la iluminación del interior de la Catedral, sustituyendo el rosetón medieval por el gran espejo que, desde la parte superior, llena de luz el interior de la nave mayor del templo. La estructura interior de la Basílica puede apreciarse en el exterior gracias a la disposición de cuerpos de la fachada. La decoración e iconografía es una apoteosis jacobea que completa la del Altar Mayor, renovado años antes.

El cuerpo central está dividido en dos niveles y es rematado por una estructura que crea un efecto de verticalidad. Unas impresionantes columnas de fuste estriado y orden corintio sobresalen del conjunto creando un gran dinamismo. En la parte intermedia del centro nos encontramos dos ventanas.

En lo alto de la fachada del Obradoiro dispuso la imagen de Santiago el Mayor con atuendo de peregrino, ángeles con la cruz de Santiago a sus lados y los reyes de españoles arrodillados a sus pies. Más abajo la tumba del apóstol Santiago rodeado de sus discípulos Santiago, Teodoro y Atanasio. Como resultado tenemos un cuerpo central envuelto por dos torres de igual altura, la de las Campanas a la derecha y la Carraca a la Izquierda.

También se aprovecharon los cuerpos románicos de la Torre de las Campanas, elevada por Peña de Toro en 1671, en el lado sur; y de la Torre de la Carraca, al lado norte. Ambas fueron rematadas dentro del nuevo proyecto de Fernando de Casas.

En los últimos años de obras, se llevaron a cabo las imágenes que, junto a los relieves y elementos decorativos, dan contenido a la fachada, presidida en la parte superior del cuerpo central por Santiago el Mayor. En la ejecución de estas piezas participaron los escultores de la época relacionados con la Catedral: José Gambino, Francisco Lens, Gregorio Fernández, Antonio López y Antonio Nogueira.


Torre de las Campanas.

La fachada Occidental, la que daba a la Plaza de la Trinidad, es decir, a la Plaza del Obradoiro, fue complicándose, ampliándose y rodeándose de nuevas edificaciones. Por el lado sur, el nuevo claustro trazado por Juan de Álava y rematado por Gil de Hontañón estaba terminado desde 1590, pero al exterior nada parecía indicar que tras los muros exista un claustro plateresco. Juan de Herrera, quien nada tiene que ver con el arquitecto de El Escorial, y Gaspar de Arce lo revistieron al exterior a finales del XVI. Pero la característica galería superior la debemos a Jácome Fernández, ya en 1614. Del mismo arquitecto es la Torre de la Vela, imitando en su escalonamiento a la del Tesoro.

Tras un incendio en el siglo XVIII que afectó a esta parte del claustro, Lucas Caaveiro da a todo el conjunto un aspecto barroco cuya horizontalidad queda rota por la imponente fachada vertical del Obradoiro. En siglo XVI, siendo aún románica, presentaba una nueva puerta de doble vano. Entrando en el XVII, la nueva escalinata fue obra de Ginés Martínez. Este mismo maestro colocó un estribo al lado sur de la fachada para reforzar una de las torres, que es conocido en la documentación antigua como “estribo de Nuestra Señora la Blanca” por acoger una pequeña capilla que, con esta advocación, miraba hacia las puertas de la basílica. La torre en cuestión, la Torre de las Campanas, siempre ha dado problemas de estabilidad, por lo que fue preciso reforzarla. Si se mira atentamente se puede apreciar una ligera inclinación en ella.

Las obras en este lado de la fachada continuaron. Vega y Verdugo nos muestra a mediados del XVII cómo ambas torres debían quedar, según su plan, igualadas en altura y rematadas por capiteles. Encargó la reforma a Peña de Toro, quien colocaría en un primer momento la balaustrada en la parte superior. Añadiría además un cuerpo a la torre medieval para acoger las campanas terminado en 1668, y decora con pilastras el primer cuerpo románico de la torre. Pero el aspecto definitivo y actual de la torre de las campanas lo debemos a quien firma el conjunto de la fachada barroca actual, Fernando de Casas. Sabemos que a partir de 1720 se llevan a cabo nuevas obras, sobre todo en su remate y decoración. La caída de un rayo en 1729 hizo que la obra tuviera que proseguir hasta 1732; año en que ya estaba colocado el capulín superior, la voluminosa decoración de volutas, rocallas, balaustradas, pináculos y “bellotas” de piedra, y hasta la aguja y cruz de bronce que coronan el conjunto.

Así pues, las historias de las torres de la fachada occidental de la catedral no van siempre parejas, ni entre ellas ni en relación con el cuerpo central que flanquean. Como vemos, la torre de las campanas se empezó y remató antes que la del lado norte y que la fachada. Así pues, cabe imaginarse una catedral que por su lado principal tenía una torre más alta de estilo barroco al sur, un cierre de claustro de líneas renacentistas, pero decoración final barroca y una monumental escalinata del XVII. Además, una torre de la carraca y cuerpo central aún románicos, pero con puertas renacentistas. Sin embargo, esta imagen pronto cambiaría para dejar paso a la homogénea y monumental catedral que hoy día es conocida en todo el mundo.


Torre de la Carraca

El lado norte de la plaza del Obradoiro ya estaba cerrado por el nuevo Hospital Real de peregrinos, fundado por los Reyes Católicos y magistralmente trazado por Enrique Egás en 1501. Su fachada, en un estilo tan preciosista que se daría en llamar “plateresco”, la firmaron Martín de Blas y Guillén Colás. De nuevo, pese a las reformas que Ginés Martínez realizó para añadir una escalera y un estribo en la torre de las campanas, contrastaba la vetusta fachada medieval de la catedral con la misma torre de las campanas que Peña de Toro modernizó con el barroco en el último tercio del XVII.

La otra, llamada Torre de la Carraca, aún era el cubo medieval original. Más baja que la “nueva” de las campanas, ya Vega y Verdugo tenía en mente igualarlas en altura, aunque habría que posponer el proyecto hasta el siglo XVIII. El 1738 Fernando de Casas se puso al frente de las obras del “espejo” central de la fachada, y también se encargó de igualar la torre de la Carraca con su gemela de las campanas. Iniciada la construcción en 1749 y terminada en 1751, López Ferreiro identificó la torre de la Carraca con la denominada torre del Gallo. En ésta ya se había intervenido en 1687, muy probablemente para asemejarla en lo posible a la de las Campanas, en la que Peña de Toro estaba ya interviniendo por esas mismas fechas.

Casas añadió un falso estribo como el de Ginés Martínez bajo la torre de las Campanas, mientras que las pilastras acentúan la verticalidad y dirigen la mirada hacia los nuevos cuerpos superiores. En ellos, la apoteosis barroca. Influido incluso por las arquitecturas efímeras festivas, como la imaginada por Fernando de la Torre Farfán para el Triunfo de San Fernando, el barroco llega aquí a su máxima expresión. El resultado es una torre gemela a la de las campanas, con un escalonamiento en altura de los cuerpos, separando balaustradas y pináculos como los que Peña de Toro trazó para la fachada de la Quintana. El capulín superior y la imagen general, al final, hacen que todo el conjunto de las torres establezca perfecta sintonía con la Torre del Reloj; trazada ésta en siglo XVII por Domingo de Andrade, antecesor de Fernando de Casas como de Maestro de Obras de la catedral.

Hay otra analogía entre las torres de la fachada del Obradoiro y la del Reloj. Ambas “ascienden” hacia el barroco a partir de un cuerpo inferior medieval, que sin embargo pasa perfectamente desapercibido en ambos casos. El primer cuerpo de las tres es claramente románico en el Obradoiro y gótico en el Reloj, pero sólo un ojo minucioso podría reparar en ello. Más fácil es apreciarlo cuando, desde las cubiertas de la catedral, se ven desde detrás las torres del Obradoiro y vemos unos arcos ciegos de medio punto animados con un taqueado, además de capiteles de decoración vegetal. Son elementos que encontramos por doquier en la fábrica románica del templo.

Lo que de verdad diferencia a la Torre de la Carraca de su “gemela” de las Campanas es precisamente la razón de sus nombres. Si bien en la segunda encontramos el típico juego de campanas que con su tañir solemnizan las celebraciones litúrgicas – mientras que las campanas de la Torre del Reloj tan sólo funcionan unidas a ésta para dar las horas y los cuartos – , la de la Carraca alberga en su parte superior un dispositivo en forma de “aspa” de madera y metal. Unas tablillas son golpeadas cuando se gira el aspa con una manivela, produciendo un ruido seco y “triste”. Es la “carraca”, cuyo “fúnebre” sonido se utilizaba en la solemnidad de Viernes Santo, cuando se conmemora la Pasión de Cristo. También hoy día podemos escucharlo gracias a una reciente restauración y reposición del elemento principal.
 

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