La fachada del Obradoiro desde el Hostal de los Reyes Católicos, antiguo Hospital Real de Santiago.

Catedral de Santiago de Compostela

La razón de ser de la Catedral de Santiago, Santiago de Compostela y probablemente Galicia está muy ligada al apóstol Santiago el Mayor. 

Santiago el Mayor junto con su hermano, Juan evangelista, decidieron dejar la vida de pescadores para unirse al grupo de los doce apóstoles de Jesús. En el año 33 cruzan el mediterráneo y se adentran en España para difundir y promover el evangelio. En su tarea evangelizadora el apóstol hizo algunos discípulos y alcanzo Galicia, llamada Gallaecia en época Romana.

Estando en España tiene que volver a Nazaret en Jerusalén para estar con la Virgen María. A raíz de las persecuciones a los cristianos ordenadas por Herodes Agripa I, en el año 44 Santiago el Mayor muere martirizado por sus creencias cristianas. Ante la negativa del emperador de dar sepultura a Santiago, dos de sus discípulos – Anastasio y Teodoro – huyen con su cuerpo y lo trasladan a España llegando al Finisterrae, las costas de la Gallaecia, y entrando por la Ría de Arosa- en una pequeña montaña de Iría Flavia, Libredón, se alzó un mausoleo romano donde se dio sepultura a los restos de Santiago el Mayor. El sepulcro fue conocido como Arca Marmárica.  

Anastasio y Teodoro, que se habían quedado en Libredón para cuidar los restos, fallecen y son enterrados junto el apóstol Santiago. Los restos de Santiago el Mayor caen en el olvido durante ocho siglos. En el año 829 gracias a un ermitaño llamado Solvio Pelagio se descubre el mausoleo con los restos de Santiago y sus dos discípulos. Cuando el rey de Asturias Alfonso II “El Casto” conoce la noticia ordena construir una pequeña iglesia que acoja dentro el Arca Marmárica y que será el inicio de la construcción de la actual Catedral de Santiago de Compostela.

El descubrimiento del sepulcro de Santiago inicia todo un fenómeno que transformará no sólo su entorno inmediato sino toda Europa a través de los caminos que desde todos sus confines acercarán a Compostela a millones de peregrinos a lo largo de la historia.

El Apóstol Santiago y la Catedral de Santiago

Tras ser decapitado en Palestina en el año 44 d. C., Atanasio y Teodoro, discípulos de Santiago, recogieron el cuerpo de su maestro y, colocado en una barca (de piedra según algunas leyendas), navegaron milagrosamente a la deriva hasta las costas que el Amigo del Señor había predicado en vida: la Hispania romana. Arribaron al Finisterrae, las costas de la Gallaecia, y entrando por la Ría de Arosa y tras diversas vicisitudes en las que se cruzan leyenda y realidad arqueológica (Reina Lupa, Pico Sacro…), depositaron el cuerpo en un mausoleo romano del siglo I ubicado en una necrópolis en el Libredón. 

Cuando hacia la mitad del siglo IX, acaso hacia el 829, el ermitaño de Solovio Pelagio observa unos extraños fenómenos en las estrellas sobre el bosque, y escucha unos cánticos angelicales, da inicio a todo un fenómeno que transformará no solo su entorno inmediato, la zona de la romana Mansio Asseconia, sino toda Europa a través de los caminos que desde todos sus confines acercarán a Compostela a millones de peregrinos a lo largo de la historia.

Cuando el rey de Asturias Alfonso II “El Casto” conoce la noticia de boca del obispo de Iria Flavia, Teodomiro, ordena construir una pequeña iglesia que acoja dentro el Arca Marmorica, el mausoleo romano destinado para Atia Moeta en origen y donde fueron depositados los cuerpos de Santiago y de sus discípulos Atanasio y Teodoro. También manda construir un pequeño monasterio, San Salvador de Antealtares, para custodiar y adorar las reliquias, así como atender a los primeros peregrinos que empiezan a llegar tan pronto la noticia se expande por el mundo cristiano.

Hay que tener en cuenta que en este momento gran parte de la Península estaba en manos de los musulmanes, quienes no se querían detener en los Pirineos, sino adentrarse aún más allá. Este templo recibió en el 834 un Preceptum regio que lo convertía en sede episcopal y le otorgaba poder sobre los territorios próximos. A su alrededor, buscando su protección, comenzaron a establecerse los primeros pobladores y grupos monacales de benedictinos encargados de la custodia de las reliquias. Eran los primeros pasos de la futura Catedral de Santiago y la ciudad de Santiago de Compostela.

Salvador Yzquierdo Peiró. Historiador

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Construcción de las primeras iglesias

La iglesia de Alfonso II enseguida se quedó pequeña para acoger a los fieles, por lo que entre el año 872 y el 899, Alfonso III El Grande (sobrino del anterior Alfonso), hizo construir un templo mayor en estilo visigótico, de tres naves y generosas proporciones para la época. En ella utilizan lujosos materiales, como consta en el acta de consagración y demuestran las excavaciones arqueológicas: piedra serpentina, pórfido rojo y mármol traído de la recién reconquistada ciudad de Coria.

Se trataba ya de una iglesia de generosas proporciones para la época, de tres naves cubiertas con techumbre de madera y una cabecera de gran anchura por estar condicionada a acoger el mausoleo romano de Santiago. El acceso se efectuaba por un pórtico occidental, adosado a su muro norte tenía una capilla baptisterio dedicada a San Juan Bautista. De esta iglesia se encontraron numerosos restos en las excavaciones llevadas a cabo a mediados del siglo XX.

Contemporánea a esta basílica prerrománica será la capilla de la Corticela (dedicada a San Esteban en su origen y a Santa María actualmente), hoy con modificaciones románicas y posteriores e integrada en la Catedral como una capilla más, sigue siendo parroquia de extranjeros. Nació como iglesia para servicio del monasterio de Pinario fundado por el rey en las proximidades de la basílica.

Esta basílica prerrománica de Santiago fue la que en 997 atacó el caudillo árabe Almanzor, quien además de asaltar la ciudad prende fuego a la iglesia y roba sus puertas y campanas, trasladadas a sus palacios cordobeses, según la tradición, a hombros de prisioneros cristianos. Cuando esta ciudad fue reconquistada fueron devueltas portadas por musulmanes como desagravio. A esta basílica puede que perteneciera la pila bautismal que está hoy en el brazo sur de la Catedral y que, según la leyenda, el caballo de Almanzor bebió de ella y cayó de inmediato fulminado ante tal sacrilegio.

A pesar de que el obispo San Pedro de Mezonzo y el rey Bermudo II se preocuparon de reconstruir enseguida la iglesia de Santiago, esta se quedaba pequeña para el ingente número de peregrinos.

El estilo románico estaba llegando a través del Camino Francés, el principal a Santiago, por lo que se inicia la construcción de la actual Catedral de Santiago.

Salvador Yzquierdo Peiró. Historiador

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Construcción de la Catedral de Santiago

Las obras de la Catedral de Santiago empiezan en 1075 por la Capilla del Salvador, en tiempos del obispo Diego Peláez y con Alfonso VI como rey. Así se lee en las inscripciones de sus capiteles y muros. Las obras serán encomendadas, según recoge el Códice Calixtino, al Maestro Bernardo el viejo, junto a Roberto y otros cincuenta canteros. Las turbulencias políticas que se suceden unos años después acaban con el prelado en la cárcel en 1087, lo que supone un primer alto en las obras hasta que la figura de Diego Gelmírez irrumpe en la historia de Compostela en 1093 como administrador. En 1095 la sede de Iria se traslada a Santiago, y en 1101 se le nombra obispo de Santiago, lo que supone que tiene autoridad para dar un fuerte impulso a las obras de la basílica. Así, en los años siguientes se retoma la obra interrumpida posiblemente tras levantar las tres capillas centrales de la girola, y en 1105 ya se puede consagrar un crucero prácticamente terminado con sus dos fachadas laterales y tras haber acortado un tramo la iglesia de la Corticela. En cuanto a quién estaba a cargo de las obras, se ha especulado con varios nombres, como Bernardo el Joven, nieto del primer maestro o de Esteban, aunque se suele hablar de un maestro llamado de Platerías cuya filiación real se desconoce.

El avance de las obras continúa a buen ritmo, de modo que la vieja basílica de Alfonso III supone ya un estorbo y se decide derribarla en 1112. Pocos años después las revueltas de 1117 contra el obispo Gelmírez causan grandes estragos en lo ya construido, haciendo necesario acaso la utilización en las dañadas fachadas del crucero de algunas piezas que posiblemente iban destinadas a la fachada occidental, aún lejos de empezarse a levantar.

Retornado Gelmírez a su sede, reconstruye su palacio episcopal al lado norte de la Catedral de Santiago. Al mismo tiempo prosigue las obras de esta, ya con la autoridad que le confiere el hecho de lograr en 1120 ser nombrado arzobispo, merced a sus buenas relaciones con Roma. Ello facilita también que Santiago sea elevada a sede metropolitana en detrimento de Mérida, aún sin reconquistar a los musulmanes.

El Códice Calixtino y la Historia Compostelana sitúan el fin de las obras en 1122 y 1124 respectivamente. Sin embargo, el primero de los libros, tras describir detalladamente las fachadas que sí estaban rematadas, al referirse a la occidental da solo unas simples pinceladas de su aspecto, con la excusa de una supuesta magnificencia que hace imposible describirla. Está claro que nada de ella estaba aún en pie, habida cuenta además de que el rey Fernando II firma en 1168 con el Maestro Mateo – ya a cargo de las obras de la iglesia, según consta – un contrato para finalizar la construcción de la iglesia y, por tanto, de su fachada occidental también. Mateo recibe una importante pensión vitalicia, lo que unido a que se le cita por el nombre indica su prestigio ya por aquel entonces.

Construye los dos últimos tramos del cuerpo principal (en la tribuna está inscrito “Gudesteo”, haciendo referencia al arzobispo Pedro Gudestéiz) sin apenas alteraciones con el diseño preexistente, y da rienda suelta a su genio y conocimientos importados de Francia, donde levanta el Pórtico de la Gloria. 

Para salvar el desnivel de terreno existente hacia ese lado, donde ya no había llegado la vieja basílica de Alfonso III, Mateo levanta una cripta que soporta toda la estructura y cuyo gran pilar compuesto central corresponde con el parteluz del Pórtico. Llamada por error muchas veces “Catedral vieja” por lo elaborado de su planta – una pequeña cruz latina con deambulatorio y esbozadas capillas abiertas a él como en la basílica superior –, las claves de sus bóvedas con el sol y la luna inician un mensaje apocalíptico que desarrolla en el Pórtico de la Gloria y remata en la tribuna superior. Allí un Cordero Místico alumbra la Ciudad de Dios que vendrá tras el fin de los días.

El primero de abril de 1188 se colocan los dinteles del Pórtico, y se sigue con su erección. Una vez la cripta y el Pórtico están terminados, y construido el coro de piedra que ocupa los primeros tramos de la nave central, se remata la iglesia con la fachada occidental mateana, permanentemente abierta al exterior por grandes arcadas que se correspondían con los arcos interiores del Pórtico de la Gloria y con el “gran espejo”. Así se denomina en el siglo XVI al rosetón central, el cual es una muestra más del avance hacia el gótico que supone el taller del Maestro Mateo.

Ante la fachada, una logia similar a la actual se abría sobre una explanada frente a la muralla de Santiago y sus torres defensivas. La anterior cerca había sido allanada también hacia 1120 para permitir el avance del brazo mayor de la basílica. Esta terraza no tendría accesos desde el terreno, sino que para entrar a la Catedral de Santiago desde ese lado se haría a través de dos estrechas escaleras al fondo de la cripta, aún practicable la del lado norte.

Por fin, el 21 de abril de 1211 y en presencia del arzobispo Pedro Muñiz y de Alfonso IX, se consagra solemnemente la Catedral de Santiago. Es la misma que perdura, con las transformaciones que comentaremos, hasta nuestros días.  Colocadas en diversos puntos del templo, aún hoy se ven en su interior las cruces de consagración que acompañaron al ritual de consagración ese día. 

Por esas fechas el estilo románico estaba quedando superado por los avances del gótico, y pocas décadas después, hacia mediados del siglo XIII el arzobispo don Juan Arias pretende construir una gran cabecera en el nuevo estilo. De haberse concluido supondría la casi total ocupación de la actual plaza de la Quintana, además de convertir la planta en una cruz griega y darle un aspecto muy diferente del que hoy tiene. Sin embargo, con la muerte del prelado el plan cae en el olvido y solo queda hoy de las obras parte del perímetro previsto bajo las escaleras de la Quintana y a un lado de la cabecera románica.

Sí se llegó a levantar en ese mismo siglo un claustro adosado al sur de la nave central. Aunque ya Gelmírez tuvo la intención de levantar uno románico, parece que este nunca se llegó a hacer. El gótico fue sustituido por el actual plateresco, más grande, y en un nivel superior.

También son los siglos XIII y XIV testigos de otros añadidos y transformaciones sobre el original románico. Al claustro y cimborrio más alto que el original románico se une la construcción de capillas que empezaron a alterar las cuatro románicas semicirculares del crucero y las cinco de la cabecera. Las más antiguas son la de Nuestra Señora la Blanca o de los España, y la de Sancti Spiritus.

Será en estos siglos también cuando ante la turbulenta situación que se venía dando en contra de los prelados compostelanos se refuerce con almenas toda la parte superior de la Catedral de Santiago, aprovechando que sus cubiertas eran terrazas escalonadas transitables. Con idéntico fin defensivo, se construyen las torres de la Trinidad y la Berenguela frente a la puerta occidental, y un gran torreón llamado del arzobispo Gómez Manrique en uno de los ángulos del claustro. Ya en el siglo XV, una nueva torre defensiva junto a la portada sur será la base de la actual torre del reloj.

Además, en esta misma centuria y en la siguiente se multiplican las transformaciones en las capillas: la de Mondragón, la de Prima, la funeraria de don Lope de Mendoza, la de San Fernando y la de las Reliquias, así como las demás que se abren al claustro, y la sacristía.

Es desde 1521 cuando se va a empezar a construir un nuevo claustro plateresco sobre el antiguo, que había sufrido numerosos daños en las revueltas. Su construcción se prolongará hasta 1590, con trazas de Juan de Álava.

Es también el Renacimiento cuando se empieza la tradición de una Puerta Santa de utilización exclusiva en los años jubilares, a imitación de Roma, y se empieza a dar forma al exterior tal y como hoy lo conocemos.

En la fachada del Obradoiro, el gran arco de Mateo que nunca se cerraba es derribado para colocar en su lugar dos puertas con sus jambas, dinteles y parteluz que comenzarán a desvirtuar la vieja fachada medieval, abocada a caer fruto de su costosa conservación y de nuevos gustos en el barroco.

Al interior, y tras algunas modificaciones en los últimos años del XVI, y apenas iniciado el XVII se derriba el coro pétreo de Mateo para poner en su lugar uno manierista de madera más acorde a las nuevas disposiciones tras el Concilio de Trento y al gusto del momento. Lo diseñan Juan da Vila y Gregorio Español.

Por los mismos años, Ginés Martínez estaba levantando las escaleras que aún hoy dan acceso a la puerta del Obradoiro, reutilizando para ello algunos sillares del coro dados la vuelta para usarlas como piedras lisas. Esto facilitó la reconstrucción del coro efectuada en la década de 1990 y hoy expuesta en el Museo de la Catedral de Santiago.

Salvador Yzquierdo Peiró. Historiador

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Transformaciones en el exterior de la Catedral a lo largo del tiempo

Es precisamente en los siglos XVII y XVIII cuando se darán las mayores transformaciones que dejan la Catedral de Santiago casi tal y como hoy la podemos rodear por el exterior y al visitar el interior. Además, el barroco trae un interés por el urbanismo que afectará también a la urbanización de los espacios adyacentes al templo con sus grandes plazas y majestuosos edificios vecinos, casi todos ellos además relacionados con la basílica como la Casa del Cabildo, la del Deán o la de la Conga.

El canónigo Vega y Verdugo, hacia la mitad del siglo XVII pone en marcha un ambicioso plan de reformas que comienzan por la cabecera. Aquí, tras muchos siglos de obras, añadidos, reformas, desórdenes… y habida cuenta de que la Quintana era uno de los espacios más concurridos de la ciudad y en él se celebraba el mercado, se enterraba a muchos de los difuntos y se realizaban gestiones en las casas consistoriales próximas, el aspecto de la parte oriental de la Catedral de Santiago era ya un verdadero caos de entrantes, salientes, muros y capillas. Además, esta falta de coherencia e irregularidad, se veían acentuados por el sencillo y monumental muro de líneas puras y sobrias del convento de Antealtares que se había construido unas décadas antes. José de la Peña de Toro proyecta pues la fachada de la Quintana que encierra todas las capillas posteriores y en la que se abren el Pórtico Real, la Puerta Santa, y la Puerta de los abades, además de otro espacio utilizado para el reparto de la Comunión a los romeros. Queda tras este muro integrado dentro de la Catedral de Santiago la antigua iglesia de la Corticela, comunicada con la nave norte por una escalera construida al fondo de la vieja capilla de San Nicolás, aunque conservará su portada de influencia mateana. Al mismo tiempo que se cierra la fachada oriental, se sustituyen las almenas, ya innecesarias, por una crestería barroca de balaustres y pináculos de gusto barroco.

El claustro, que se había empezado a rodear con nuevas dependencias de servicio como el Tesoro en la plaza de las Platerías, de Rodrigo Gil de Hontañon (1540), y con su novedosa torre escalonada, se completa en los siglos XVI, XVII y XVIII en su exterior. Hacia el Obradoiro trabajan en ese cierre Gaspar de Arce y Juan de Herrera, con adiciones de Jácome Fernández (Torre de la Vela), ya en el XVII y Lucas Caaveiro tras un incendio en 1751. Por otro lado, en 1720, Fernando de Casas añade una pequeña fachada abierta hacia la Plaza de las Platerías, y unos años antes, en 1705, Simón Rodríguez ingenia la gran concha jacobea que sostiene, en esta misma plaza, unas escaleras que unen las naves con el Tesoro.

Pero es sin duda la fachada del Obradoiro la obra que más influirá en el aspecto definitivamente barroco que tiene al exterior la Catedral de Santiago. El viejo hastial medieval con la cripta mateana debajo y su logia exterior habían empezado a cambiar cuando en el XVI se cierra con puertas y modifican los arcos medievales, y con la escalinata monumental de inicios del XVII. La fachada románica estaba ya pasada de moda, se había tenido que reforzar una de las torres laterales, y el gran rosetón con vidrios emplomados de su calle central requería de costosas reparaciones. Así pues, se encarga en 1738 su derribo y la construcción de una nueva acorde al nuevo estilo barroco que fuera además una apoteosis de Santiago y de la monarquía española, representados por la figura de Santiago Peregrino venerado por reyes, Atanasio, Teodoro, Santiago Alfeo, Santa Salomé, el Zebedeo, el escudo real...

Se encarga el importante cometido de la nueva fachada principal de la Catedral de Santiago a Fernando de Casas, quien no desmonta por completo todo lo anterior, conocedor de que si retira alguna de las estatuas columnas de Mateo que sostienen la bóveda del Pórtico, todo ese nártex se vendrá abajo. Reutiliza, asimismo, los cubos inferiores de las dos torres laterales de la fachada (la de la carraca la norte y de las campanas la sur), pero las iguala en altura y diseña sus cuerpos superiores en disminución de volúmenes hasta los capulines superiores, todo ello cuajado de rocallas, decoración vegetal, entrantes y salientes, blasones… al gusto del barroco. En el centro, sobre el nuevo “gran espejo”, el escudo del cabildo de Santiago, con el sarcófago del Apóstol, la estrella encima y el coro de ángeles que anunciaron a Pelagio su ubicación.

La misma solución de elevar un remate barroco sobre un cuerpo inferior medieval se había utilizado en la cúpula que corona el cimborrio gótico, y, sobre todo, en la torre del reloj, surgida como un cubo defensivo desde 1468 y reconvertida en una torre de uso totalmente religioso y civil con el cuerpo superior que levanta Domingo de Andrade en el último tercio del siglo XVII. En él campea desde 1831 un reloj de Andrés Antelo que marca con una sola aguja las horas en sus cuatro esferas de mármol blanco calado. En los cuerpos superiores, las campanas de las horas y los cuartos del siglo XVIII dieron paso a las actuales a finales del siglo XX, tras haberse rajado el bronce en las antiguas. Hoy se exponen en el claustro de la Catedral de Santiago.

Salvador Yzquierdo Peiró. Historiador

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Transformaciones en el interior de la Catedral a lo largo del tiempo

Configurado casi definitivamente el aspecto exterior de la Catedral de Santiago tal y como hoy lo conocemos, en el interior las intervenciones barrocas se multiplican. Aunque algunas capillas medievales habían recibido retablos ya en el siglo XVI, como la del Salvador, Santa Fe o la de Mondragón, es ahora cuando se construyen la mayoría de los retablos para las capillas, modificándose también la arquitectura de algunas de ellas. De éstas, destacan dos de nueva planta, la capilla del Pilar, apoteosis barroca de Domingo de Andrade, y la del Cristo de Burgos, hacia los pies de la basílica.

Pero sin duda la transformación interior más importante del barroco – además del nuevo órgano y sus retablos construidos desde inicios del XVII – es la nueva capilla mayor, donde desde el medievo y con diversos añadidos y pequeñas transformaciones estuvo el cimborrio de Gelmírez sobre la imagen sedente del XIII de Santiago. De escuela del Maestro Mateo, a ella se encaramaban los peregrinos para tocarla y antaño ponerse su corona (hoy, lo tradicional es abrazarla). Desde la segunda mitad del XVII, el trabajo de maestros de la talla de Domingo de Andrade, Fray Gabriel de las Casas, Manuel de Prado, Jacobo Pecul o Ángel Piedra dejarán su impronta en el monumental baldaquino sostenido por ángeles, así como en el camarín de Santiago, en su altar, el sagrario, y en el cierre perimetral de la capilla y reja. Bajo este espacio, desde finales del siglo XIX y con el redescubrimiento de los huesos de Santiago (1878), se abre el mausoleo romano, ya muy rebajado en su alzado por las sucesivas obras en la capilla mayor, y se hacen visitables las reliquias dentro de una urna de plata de José Losada hecha en esos años. Las había escondido en 1589 cerca de su ubicación original el arzobispo San Clemente por miedo al pirata Drake.

Ante el presbiterio, utilizando desde finales del XVI un ingenio mecánico ideado por Juan Bautista Celma, el Botafumeiro da mayor gloria a Dios y perfuma un ambiente a menudo cargado por la multitud de peregrinos que en la Edad Media incluso dormían en las tribunas de la Catedral de Santiago. El actual Botafumeiro es de latón, hecho por el compostelano José Losada en 1851.

En los años finales del barroco y llegando ya el neoclasicismo se derriba la antigua Fachada del Paraíso del brazo norte del transepto por la que entraban los peregrinos del Camino Francés, muy dañada por un incendio en 1758. La nueva la diseña Lucas Caaveiro, a quien ayuda Clemente Sarela. De concluir las obras se encargará Domingo Lois Monteagudo, quien recibe algunas sugerencias de Ventura Rodríguez y el visto bueno de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, institución que por esos años supervisa los proyectos. Se termina en 1769, tratando de adaptar un diseño barroco a un gusto ya Neoclásico.

En este último estilo se construye la más “moderna” de las capillas de la Catedral de Santiago, la de la Comunión. Domingo Lois Monteagudo le da forma de rotonda clásica cubierta por una cúpula soportada por ocho monumentales columnas jónicas, y ocupa el solar donde estuvo hasta entonces la gótica de don Lope de Mendoza.

Con el mismo gusto neoclásico y el influjo de la Academia de San Fernando, el obispo Sebastián Malvar pretende en 1794 liberar del coro la nave central, trasladándolo a una nueva capilla mayor en el estilo ilustrado de la época, con una nueva fachada exterior y renovada Puerta Santa. Ferro Caaveiro y Melchor de Prado firman los proyectos, aunque jamás se llevarían a cabo más que en algunos cuadros previstos para el espacio interior.

Queda así rematada una historia de los estilos artísticos desde el prerrománico hasta el neoclásico que aún recibirá algunas aportaciones en los últimos años, ya en los movimientos “neo” de las primeras décadas del siglo XX (retablo neogótico de la capilla de los España y de las Reliquias de Magariños), ya con diseños más propios de nuestros días (nuevas hojas de bronce de la Puerta Santa de 2004).

Salvador Yzquierdo Peiró. Historiador

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Museo de la Catedral de Santiago

El Museo de la Catedral de Santiago permite conocer casi todos los espacios  del complejo catedralicio, incluyendo los tejados, las tribunas, el claustro, los cuartos que lo cierran, y el palacio de Gelmírez Nos ofrece además un recorrido por algunas de las piezas que formaron parte de espacios ya desaparecidos como el claustro gótico, capillas, antiguas fachadas…por sus ornamentos (tímpanos, esculturas, partes de retablos y coros…) y por los documentos que conforman la historia de la Iglesia de Santiago (Tumbos A, B y C, Historia Compostelana, Breviario de Miranda, Códice Calixtino…). Permite también asombrarse con la magnificencia de su Tesoro, que incluye piezas en materiales preciosos artísticamente trabajados desde la Edad Media a nuestros días, muchas de ellas donadas por peregrinos ilustres (reyes, militares, cargos eclesiásticos…) o por grupos.

Cierran el recorrido por el museo las colecciones textiles, desde exóticas telas medievales del lejano oriente hasta el gallardete de la Batalla de Lepanto del siglo XVI, además de ricas ropas litúrgicas. Merecen especial mención y una detallada visita la colección de tapices, en gran parte posible gracias a algunas donaciones, y que con sus obras sobre cartones de Rubens, Teniers, o Goya, entre otros, constituye una de las mejores de toda España.

Salvador Yzquierdo Peiró. Historiador

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Orígenes del camino a Santiago

Muchos visitantes y turistas de la Catedral de Santiago, se preguntan “¿cuándo estuvo el apóstol Santiago en Santiago?”, o “¿y cómo se llamaba la ciudad de Santiago antes de ser Santiago de Compostela?”. Ambas preguntas tienen respuestas que si bien presentan un claro rigor histórico, también llevan anexo un componente tradicional y legendario.

Santiago no peregrinó, obviamente, al templo que acoge su sepulcro, aunque sí hay leyendas que le atribuyen visitas a la región como esa que lo sitúa en la Costa da Morte. En Muxía, donde muchos peregrinos completan su Camino de Santiago con la visita al Santuario de la Virxe da Barca, se recuerda la leyenda de la milagrosa aparición de la Virgen a un Santiago desalentado en su prédica a los paganos habitantes del noroeste peninsular. María arriba a la orilla en una barca de piedra, ésa que hoy “permanece” varada a los pies del Santuario de Nosa Señora da Barca y convertida en las “Pedra de abalar” - La vela - ;“Pedra dos cadrís (riñones)” – la barca boja abajo; y la piedra del timón. Esta legendaria aparición de la Virgen de la Barca nos recuerda a otra más arraigada en toda la Península Ibérica: la aparición a orillas del Ebro de María sobre una columna – el pilar – a un desalentado Santiago.

Tuviera o no Santiago esas milagrosas visitas de aliento en su prédica por la Hispania Romana, lo que sí es un hecho histórico es su decapitación a manos de Herodes Agripa I, rey de Judea en el año 44 siendo el primero de los apóstoles de Cristo en sufrir martirio. Sus discípulos Atanasio y Teodoro recogieron el cuerpo y colocándolo en una barca – de piedra según otras leyendas – arribaron desde el puerto de Jaffa tras siete noches de travesía a las costas del Finisterrae. Ataron su barca a una antigua ara romana (“Pedrón”) al fondo de la Ría de Arousa, y pidieron ayuda a la señora de esas tierras, la Reina Lupa para trasladar el cuerpo del maestro y darle sepultura en su territorio. Esta ara romana aún hoy se puede venerar en la iglesia de Santiago de Padrón. Lupa envía a la comitiva a través del monte Illicinus, y para ello les facilita un carro tirado por toros bravos que, milagrosamente al contacto del cuerpo de Santiago, se vuelven mansos bueyes. Más prodigioso será aún lo que acontece al llegar a ese monte, en el cual la Reina Lupa sabe que habita un fiero dragón, dado que Atanasio y Teodoro lo derrotan sin esfuerzo con la señal de la cruz. Este monte, en las proximidades de Santiago hacia el Sur, aún hoy se conoce como Pico Sacro debido a estos prodigios, y en su cumbre la gran roca que lo corona presenta un profundo tajo provocado, legendariamente, por el dragón al caer sobre ella.

El viaje continúa, y llegando a las proximidades de una necrópolis romana en el bosque del Libredón los bueyes se detienen a beber en una fuente que aún hoy mana agua junto a una pequeña capilla de Santiago al final de la calle del Franco. Allí, Atanasio y Teodoro colocarán el cuerpo de Santiago en un mausoleo de ricos mármoles, el Arca Marmorica. Es el final de la Translatio, citada por primera vez en la llamada Carta del papa León, texto de mediados del siglo IX incluido en el Códice Calixtino.

Tras los primeros peregrinos en el siglo IX, el obispo de Iria Teodomiro y el rey astur Alfonso II, la noticia del hallazgo del cuerpo de todo un discípulo de Cristo (y además uno de los “favoritos” que le había acompañado al Tabor donde tuvo lugar la Transfiguración) va recorriendo Europa, ayudado también por la importancia de la corte carolingia a la que Alfonso II había comunicado el hallazgo. Se habla incluso de una legendaria peregrinación de Carlomagno a Santiago siguiendo la Vía Láctea.

Los primeros peregrinos provienen de un entorno más o menos cercano, de la misma Galicia y del Reino Astur, bien por vía marítima o a través de los montes de A Fonsagrada. Sin embargo, el siglo X es ya el del inicio del despegue de las peregrinaciones a nivel internacional, francos sobre todo, uno de los cuales, Bretenaldo, podría haber dado origen con su morada al nombre que aún hoy tiene la famosa Rúa del Franco.

El siglo XI, con la sucesiva liberación de territorios en manos musulmanas gracias al avance de la Reconquista, el influjo e interés de la abadía francesa de Cluny, la proliferación de una “red” de hospitales a lo largo de la ruta y la promoción hecha por las monarquías navarra y castellano-leonesa se convierte en el del despegue definitivo del fenómeno jacobeo a nivel continental. Se consolidan las rutas francesas, cuatro principales, que a su vez se nutrían de caminos venidos de los cuatro puntos cardinales. Desde París, Vézelay y Le Puy los caminos cruzaban los Pirineos por Roncesvalles, mientras que la que partía de Arlés y venía más al sur lo hacía a través de Jaca. Las cinco vías se hacían una en Punte la Reina, trazando el que aún hoy conocemos como Camino Francés y que sigue siendo el más utilizado por cuantos peregrinan a Santiago. A lo largo de su recorrido importantes ciudades iban tomando forma, recogiendo el dinero, noticias, habitantes, influencias y saberes de todos los confines europeos.

Quienes llegaban a Santiago en el siglo XII se encontraban ya con una nueva catedral en avanzado estado de construcción. El primer arzobispo de Santiago, Gelmírez dio un fuerte impulso a las obras iniciadas en el 1075 y su buena sintonía con Roma le permitió lograr del papa Calixto II el privilegio de los Años Santos o Jubilares. Es el siglo de la primera guía de peregrinos, el famoso “Libro V” incluido en el Códice Calixtino que además recoge numerosos milagros atribuidos a Santiago cuyos beneficiarios procedían ya no sólo de Francia sino también de Italia o Centroeuropa y hasta de los países nórdicos. Éstos eran en su mayoría gentes humildes, fieles devotos o convictos que debían peregrinar a Santiago como parte de su condena, pero también encontramos en esta centuria a reyes como el noruego Sigur Jorsalar (1108), o Luis VII de Francia que peregrina en 1154-1155.

Pero no sólo cabe hablar del Camino Francés. Las rutas que venían del sur van tomando forma al compás de la Reconquista y siguiendo, sobre todo, la romana Via de la Plata (por lo llano de su recorrido). Reyes de Portugal usan los caminos portugueses para postrarse ante Santiago, como Alfonso II en 1220 o Sancho en 1244. Por otro lado, desde el siglo XIII van cobrando mayor importancia las rutas marítimas sobre todo desde Inglaterra, Irlanda o hasta desde Islandia y los Países Escandinavos. De allí proviene Santa Brígida de Suecia, ya en 1341 y dentro de su viaje a Tierra Santa. Las rutas marítimas arribaban a las costas de Ferrol o de A Coruña, según mareas, vientos o corrientes y a causa de lo inexacto de los instrumentos de navegación. Desde allí, ya andando, el camino a Compostela era corto, aunque como siempre no exento de peligros.

Y es que el Camino de Santiago era peligroso. Numerosos salteadores de caminos acechaban, y ya las más antiguas guías de peregrinos alertan de que el peregrino debía de estar prevenido ante la posibilidad de timos y engaños, así como del pago de numerosos peajes. Para, en la medida de lo posible, defenderse, el peregrino podía usar su bastón o bordón, del que cuelga una calabaza que le sirve para llevar agua potable. Otros atributos típicos de su vestimenta era el morral de cuero que según el Calixtino sería abierto para compartir el alimento que guardaba con los más pobres.

Llegados a Santiago, la concha de vieira que de nuevo cita el Códice Calixtino como abundante en las costas cercanas a Santiago se convertía en la prueba inefable de que el peregrino había llegado a su meta, puesto que sus puestos de venta se ubicaban en la entrada a la catedral por la puerta Francígena en que remataba el Camino Francés y sobre cuyo comercio tenía el arzobispado el monopolio. Son las conchas que, según la leyenda, permitieron escapar de una muerte segura al caballero Cayo cuando se estaba ahogando. La intercesión del Apóstol Santiago quedó patente cuando al salir indemne de las aguas apareció cubierto por conchas de vieira. Éstos hechos, más que la comúnmente extendida idea de que la concha la usaban los peregrinos para beber por su forma de cuchara explica que la concha de vieira sea desde antiguo símbolo de Santiago, de su Catedral y de sus peregrinos. El documento que ya desde el siglo XIII sella el cabildo para reconocer la peregrinación a Santiago y llamamos “La Compostela” sustituyó o complementó a la concha como prueba de peregrinación.

Desde estos orígenes medievales en los siglos más inmediatos a la Inventio o descubrimiento del sepulcro apostólico, millones de personas de todo origen y condición llegan a Santiago. Es indudable el papel que en la conformación de la idea de Europa tienen los caminos a Santiago y más indiscutible aún la riqueza histórica y artística que encontramos a lo largo de las rutas a Santiago. La Catedral de Santiago, cuya historia, secretos y detalles vale la pena conocer, recoge lo mejor de todo ello.

Salvador Yzquierdo Peiró. Historiador

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Las peregrinaciones a la Catedral de Santiago

Una vez descubierto en el siglo IX el mausoleo de Santiago, y afianzado y “cerficicado” el hallazgo por el obispo de Iria, la corte astur y el papado, las oleadas de peregrinos no se hicieron esperar. Toda la cristiandad deseaba visitar la tumba del Apóstol, especialmente tras las invasiones turcas que interrumpieron la peregrinación a Jerusalén justo cuando en Santiago –era el año 1078- se había comenzado a construir la catedral románica tres años antes. Se iniciaba así la era dorada de la peregrinación a Compostela y se consolidaba la ruta más promovida y mejor dotada por reyes y autoridades eclesiásticas: el Camino de Santiago.

La peregrinación a Santiago se transformó así, desde muy temprano, en el acontecer religioso y cultural más destacable y más profundamente vivido de la Edad Media. Es un hecho reconocido recientemente por el Parlamento Europeo, que designó al Camino Primer Itinerario Cultural europeo, y por la UNESCO, que lo declaró Patrimonio de la Humanidad.

Si bien los primeros peregrinos del siglo X recorrían hasta la tumba apostólica el que hoy se conoce como Camino del Norte a través de la cornisa cantábrica, evitando así la zona de conflicto o en poder del invasor árabe, la expansión de la Reconquista permitió pronto a los reyes Sancho el Mayor de Navarra y Alfonso VI de León trazar un itinerario a través del territorio recién liberado que encadenaba las capitales de los reinos navarro, castellano y leonés hasta desembocar en Santiago. Se conoce como Camino Francés y está descrito en todas sus variantes en el Códice Calixtino, obra atribuida al monje Aymeric Picaud y escrita por encargo del Papa Calixto II alrededor del año 1139. Su quinto libro puede considerarse la primera guía de viaje europea, pues indica las rutas que seguían ya en el siglo XII los peregrinos por Francia para llegar a la Ciudad del Apóstol, y describe los recursos y las impresiones que aguardaban en cada región a los aventurados viajeros.

Hoy son varios los caminos que llegan a la catedral de Santiago. El Camino Francés el más común e importante. Su variante del norte o camino primitivo. Desde el sur, la Vía de la Plata, y entrando por las costas de Ferrol o Coruña, el Camino Inglés. Otras rutas que algunos hoy reivindican con fines también turísticos son menos tradicionales, pero lo realmente importante es que a través de todos ellos, y desde los primeros tiempos fueron muchos los personajes que desde todos los confines peregrinaron a Santiago: reyes y reinas, nobles, prelados, generales, presidentes y primeros ministros… hasta santos, algunos en visitas cuya autenticidad no ha podido ser nunca fehacientemente demostrada, pero si de gran tradición como la de San Francisco de Asís. Sin embargo, son los millones y millones de peregrinos anónimos los que han configurado esta ruta como un auténtico camino que ha unido pueblos, culturas, difundido estilos artísticos y servido incluso para inspirar la actual Unión Europea. Incluso la Vía Láctea, en nuestro cielo, es muchas veces denominada como el “Camino de Santiago” por parecer discurrir en dirección a la tumba de uno de los discípulos predilectos de Jesús, Santiago, hijo del Zebedeo y Salomé, hermano de Juan y el primero de los apóstoles en padecer martirio en el año 44 de nuestra era.

Salvador Yzquierdo Peiró. Historiador

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El Códice Calixtino

La más conocida de las “joyas” que custodia el Archivo de la Catedral de Santiago es sin duda el Liber Sancti Iacobi, o Codex Calixtinus. Su denominación española, Códice Calixtino, se hizo tristemente famosa en los últimos años a causa de su sorprendente hurto – ya resuelto y recuperado el libro – que lo puso en boca de todo el mundo.

El apelativo de “Calixtino” le vino dado por la creencia secular de que lo había escrito el papa Calixto II, ya que firma la obra al principio como su autor y compilador, narrando cómo lo hizo. Elegido Sumo Pontífice en 1119, este papa tenía lazos de sangre con la nobleza gallega, y le unía una entrañable amistad con Gelmírez,; a quien honró con su proclamación como arzobispo, así como con la elevación de la catedral de Santiago a la dignidad de Metropolitana en detrimento de Mérida. Pero la autoría de Calixto II del conjunto de la obra es hoy rechazada, aunque es indudable su influencia en el códice, igual que la de la importante abadía francesa de Cluny. El llamado Codex Calixtinus termina con una carta de Inocencio II que presenta al portador de la obra, Aymerico Picaud, clérigo de Parthenay-le-Vieux. Es él quien pasa por autor de gran parte de la obra, especialmente del último de los libros que la componen.

Hecho en varias etapas, su inicio está datado entre los años 1137 y 1140, y se retomaría de nuevo en 1173. El resultado sería una obra estructurada en cinco libros, completados con documentos y añadidos. El Libro I contiene, con su música y sus textos, la liturgia para la Misa y Oficio de las festividades de Santiago. Es el libro más amplio, y supone tres cuartas partes del códice. El Libro II detalla veintidós milagros de Santiago. El Libro III relata el traslado de los restos de Santiago desde Jaffa hasta Compostela. Pero quizás son los libros IV y V los más conocidos. El IV es llamado Pseudo-Turpín, recibiendo su nombre del arzobispo de Reims a quien se atribuyó su redacción, y narra las gestas de Carlomagno en España derrotando a los invasores árabes. Por razones no del todo claras, el Pseudo-Turpín fue desgajado del resto de libros en 1619, sufriendo algunas alteraciones, y así estuvo hasta 1966. El Libro V es la Guía del Peregrino, que incluye detalladas descripciones de la catedral, de mucha utilidad para los historiadores a pesar de que el templo no estaba del todo concluido cuando fue escrita. Además de los cinco libros se añadieron algunos apéndices, destacando las veintidós composiciones polifónicas del Libro I añadidas en 1173, una primicia en la Europa del momento; o el Himno de los peregrinos a Compostela, el Dum pater familias, apéndice del Libro II.

No son demasiadas las miniaturas del Códice Calixtino, aunque destacan tres iniciales formadas por personajes relacionados con el texto. Así, el Libro I se inicia con una “C” que veremos repetida en el Códice, formada por carnosa vegetación y rematada con cabezas de dragón. En este caso, además, la “C” que acoge en su interior al papa Calixto II, sentado y en actitud de escritura, identificado en el libro donde apoya la pluma. En el folio cuarto, formando una gran “I” que cuya verticalidad ocupa más de media página, está Santiago en actitud de bendecir. Portando un libro y sin sus atributos característicos, la figura del Apóstol se podría comparar con la de Cristo, aunque sin el nimbo crucífero que caracteriza a éste. Pero el hecho de que forme parte de la palabra “Iacobi” y la naturaleza del texto en que se incluye hacen imposible la confusión. La tercera letra miniada es totalmente diferente a las anteriores. Se trata de una gran “T” con la que se inicia la Historia Turpini del Libro I. Es un título sobre fondo verde que se añadió a este folio cuando se separó del resto del Códice en el siglo XVII. La gran inicial presenta profusa decoración vegetal y acoge en su interior una mandorla que parte de la boca de un ser fabuloso y en la que está Turpín, el arzobispo de Reims, sentado con sus ropas y báculo de prelado.

El Libro IV nos ofrece también otras tres miniaturas que narran pasajes de la vida de Carlomagno. En la primera, el emperador duerme en el interior de una arquitectura identificada en el texto como Aquisgrán. Sentado a los pies de su lecho, se le aparece Santiago señalando en el cielo el camino de estrellas – la Vía Láctea – que conduce a su sepulcro. Como consecuencia de esta aparición, la segunda de las miniaturas nos muestra al emperador partiendo hacia tierras hispanas para liberar a España de sus invasores. Identificado por su corona y estandarte, Carlomagno aún está saliendo de la arquitectura de su palacio. Los diez caballeros que le anteceden, entre los que se encuentra su sobrino Rolando, se acercan ya a un terreno ondulado que sin duda quieren ser los Pirineos. Más difícil resulta la interpretación de la tercera y última miniatura, todas ellas de formato rectangular y en el folio 162 y el reverso del 162. En ésta última, vemos de nuevo a unos guerreros, unas arquitecturas y la leyenda relativa a Aquisgrán. Sus diversas lecturas la ligan siempre a Carlomagno y su ejército, quizás los sobrevivientes de Roncesvalles recordando la muerte del héroe Rolando. Desde el punto de vista estilístico, parece que todas las miniaturas la debemos a un solo autor, vinculado a los talleres borgoñones de la primera mitad del siglo XII, aunque algunos estudiosos ven también influencias de las Islas Británicas.

Da cuenta de la importancia este Códice Calixtino, incorporado al “Tesoro” catedralicio en la primera mitad del XII, el hecho de que casi inmediatamente se empezó a copiar, y aún el siglo XIV se recurría a él con frecuencia. El mismo scriptorium fundado en Santiago por Aymerico de Anteiac en 1326, que daría lugar al Tumbo B, realizó las copias del Calixtino de Salamanca, El Vaticano y Londres.

Salvador Yzquierdo Peiró. Historiador

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El Tumbo A

Entre los “Tesoros” que catedrales como la de Santiago custodiaban y aún hoy custodian, ocupan un lugar importante los documentos y libros que sustentaban la validez jurídica de sus propiedades, privilegios, exenciones y señoríos. Preocupado de que estos pudieran perderse o de que fueran imposibles de leer en escritura antigua, el tesorero de la época del arzobispo Gelmírez, Bernardo, empezó una transcripción, colección y recopilación que daría lugar al llamado Tumbo A. Bernardo fue también el canónigo que mandó colocar, para servicio de peregrinos y compostelanos, la Fons Mirabilis ante la puerta norte de la catedral.

Cuando concibió su proyecto, en 1127, la letra visigoda estaba siendo sustituida por la carolina, y Bernardo hizo que Santiago se uniera al movimiento de recopilación documental en el que estaban inmersas otras instituciones del reino de León, como Cardeña, Sahún, León, Oviedo... Además, Santiago acababa de ser elevada a sede metropolitana, por lo que se hacía necesario asentar las bases de su organización.

Este Tumbo A de Bernardo está formado por cinco libros. El primero contiene libros y documentos emitidos por los reyes. El segundo, los diplomas concedidos por miembros de la alta nobleza o cónsules, en palabras de Bernardo. El tercero está dedicado a obispos y arzobispos; mientras que los benefactores de la Iglesia de menor rango social y los miembros del clero ocupan el cuarto y quinto libros, respectivamente. En total, el Tumbo A recopila ciento setenta documentos en setenta y una hojas de pergamino, en los que se dibujaron algunas de las miniaturas más interesantes y conocidas de las colecciones compostelanas. Casi todas ellas representan a los monarcas y personajes de la realeza leonesa y gallega de la época, identificados con su nombre y pintados casi todos en el siglo XII. Salvo dos infantas juntas, los personajes están representados individualmente. Y salvo dos monarcas a caballo, los demás están entronizados.

Es distinta la primera miniatura de la serie, que describe la Inventio. Se denomina con este vocablo latino al descubrimiento o hallazgo del mausoleo de Santiago en el bosque del Libredón. En esta miniatura del Tumbo A, un personaje con báculo y atuendo episcopal señala una tumba en medio de una arquitectura bajo un arco: es el Arca Marmoricis. Una lámpara alumbra la escena, acompañada de un ángel turiferario que sirve de guía al mausoleo, donde también están las tumbas de los discípulos que acompañaron a Santiago. Para que no queden dudas del nombre del personaje principal, se le identifica en latín: Teodemiro Episkop.

Los expertos diferencian un mínimo de tres manos en las miniaturas, dos de ellas en la primera de las épocas de elaboración, entre 1129 y 1133; y con diferente tratamiento de los paños, sombras y dinamismo. Además, se aprecian influencias del sustrato otoniano y hasta de soluciones procedentes de Inglaterra, así como la pervivencia de esquemas de época bizantina como el del emperador sentado.

Lo más probable es que el proyecto de Bernardo no llegara a completarse del todo, aunque el proceso de recopilación de escrituras continuó a lo largo del siglo XIII, y el tumbo fue ampliado en sucesivas etapas desde la época del reinado de Alfonso VII hasta la de Alfonso X “El Sabio”. El original Tumbo A está custodiado por la caja fuerte del Archivo Catedralicio. Un facsímil idéntico a él puede verse en las vitrinas de la Biblioteca, dentro del Museo de la Catedral.

Salvador Yzquierdo Peiró. Historiador

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El Tumbo B

Con la llegada del gótico, el scriptorium de la catedral de Santiago continuó aún con los últimos añadidos al Tumbo A, iniciado en el año 1129 por el tesorero de Gelmírez, Bernardo. En 1255, cerraron este manuscrito las representaciones de Fernando III y de Alfonso X. Se produjo entonces una interrupción del trabajo de casi un siglo, hasta que en XIV el arzobispo Fray Berenguel de Landoira creara otro taller, más dedicado a las copias que la producción nueva.

Berenguel, fraile dominico ligado a la corte papal de Avignon, contó también con la ayuda de un eficaz tesorero, Aymerico Anteiac. A él encomendó la dirección del scriptorium donde se realizaría el llamado Tumbo B, iniciado el 27 de agosto de 1326, a cargo de los escribanos García Pérez y Alfonso Pérez. Como el Tumbo A, el B es también una recopilación de documentos importantes para la Iglesia Compostelana. Algunos son copias de documentos recogidos en el Tumbo A, certificados en el B por la firma de dos notarios que dan fe de su correspondencia con el documento original. Otros, sin embargo, son documentos nuevos, como algunas concesiones regias y papales.

El Tumbo B se compone de trescientos setenta y un documentos, distribuidos en doscientos noventa y un folios en los que destacan las miniaturas que adornan algunos de ellos; aunque la calidad técnica de éstas, siendo de mayor importancia simbólica y documental, no alcanza la de las encontradas en el Tumbo A. El reverso del segundo folio está compuesto por dos registros miniados, el superior de los cuales nos muestra a Santiago entronizado, identificado por su báculo en forma de “tau” y filacteria en la mano. Lo rodea una arquitectura a modo de baldaquino, y está acompañado de sus discípulos, Atanasio y Teodoro, con sus nombres sobre la cabeza. Sin duda recuerda al aspecto que tendría el primitivo altar mayor de la catedral, con el baldaquino de Gelmírez y la figura sedente de Santiago, de la escuela de Mateo, que preside la catedral desde su consagración en 1211.

La parte inferior del mismo folio muestra otra interesante miniatura, cuyo protagonista es de nuevo Santiago. Aquí aparece caracterizado como guerrero a caballo portando la espada y cabalgando sobre soldados decapitados. Al fondo de la escena vemos un simple castillo. Algunos estudiosos han querido ver en esta miniatura la primera representación del Santiago Matamoros de la Batalla de Clavijo, recogida años atrás en un tímpano en el crucero de la catedral. Otros lo interpretan como un pasaje de los Gesta Berengarii de Landoria, en el cual el Apóstol ayuda al prelado a vencer a los compostelanos que se opusieron a su entrada a Compostela, logrando impedirla hasta el 27 de septiembre de 1320, cuando Berenguel derrota a los cabecillas. Consciente de lo inestable de la situación, este arzobispo fortificó la arquitectura de la catedral. También fortificó el principal castillo de la mitra compostelana, el de A Rocha Forte, en las proximidades de la ciudad. Esta fortaleza sería, según esa segunda teoría, la representada en esta la miniatura del Tumbo B.

Aún se seguirían recopilando documentos en diversos cartularios. Algunos, como el conocido como Tumbo C, que también se encuentra en el archivo catedralicio, recogen incluso documentación privada.

Salvador Yzquierdo Peiró. Historiador

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Breviario de Miranda

En el Archivo de la Catedral de Santiago, se puso fin a la Edad Media con el manuscrito más rico en miniaturas de cuantos ahí se conservan. El llamado Breviario del Canónigo Miranda superó a los más conocidos Tumbos, Historia Compostelana y Códice Calixtino. Tiene algo más de quinientos folios de menor tamaño que los de los libros mencionados, y sufrió también algunas pérdidas y mutilaciones a lo largo de la historia.

Data de la mitad del siglo XV, quizás alrededor de 1470, momento en el que la decoración llena las páginas hasta el extremo y no se dejan espacios libres alrededor del texto. Éste se distribuye en dos columnas por folio, y es el principal inspirador de la temática que se representa. Abunda la decoración vegetal, en la que a veces aparecen personajes santos o animales. En algunas ocasiones, el autor da rienda suelta a su fantasía y la puebla de seres extraños.

Desde la segunda década del siglo XV la pintura flamenca comenzó a adquirir notable entidad en la Península, y los miniaturistas no fueron ajenos a ella, como se puede comprobar en los pliegues quebrados de las ropas – acentuados y multiplicados en la parte baja – que visten los personajes del Breviario Miranda. Bajo la mano de un director conocedor de los postulados flamencos, aparecen diferentes manos dentro del mismo taller, algo lógico dada la cantidad de iluminaciones de este códice. Sin embargo, hay un sentido unitario en su decoración, que pone a este breviario en relación con otras obras coetáneas del ámbito miniaturista castellano. Algunos ejemplos son los manuscritos para el Marqués de Santillana, atribuidos a Jorge Inglés, o las similitudes en la decoración vegetal que el abulense Juan de Carrión utilizó.

Está claro que el Breviario Miranda fue realizado para alguien relacionado con la Catedral de Santiago. En él se hace referencia a santos de especial relación con ésta, como Salomé, madre de los Zebedeos; y también a celebraciones específicas como la conmemoración de la consagración de la catedral en abril, las fiestas del Apóstol en julio y diciembre, o las de sus discípulos en mayo.

Existen dudas, sin embargo, acerca de quién fue el comitente de la obra. Posiblemente fuera el personaje arrodillado bajo el manto de la Virgen que aparece en la orla inferior del reverso del folio 401, pero existen dudas sobre su identificación. El nombre de Breviario Miranda es debido a que en uno de los folios aparece “MIRANDA” escrito entre las dos columnas, por lo que se creyó que aludía al canónigo Pedro de Miranda, familiar de Alonso II de Fonseca. Sin embargo, algunos emblemas heráldicos en diversas partes del libro descartan esta filiación; y lo atribuyen a Fernando Bermúdez de Castro, personaje que tras diversas vicisitudes alcanzó la dignidad de Deán de Santiago en 1485.

Por su parte, el canónigo José Mª Díaz Fernández, quien fue muchos años archivero de la Catedral, encontró parcialmente borrados o transformados otros escudos entre las páginas del Breviario, identificándolos con el del prelado compostelano Rodrigo de Luna, arzobispo de Santiago entre 1449 y 1460. Pero el hecho de que el personaje arrodillado ante la Virgen como donante en el reverso del folio 401 vista simple hábito, sin atributos de obispo, le quita peso a esta teoría.

Así pues, no sabemos a ciencia cierta quién pudo ser el comitente de esta obra. Quizás algunos de los nombres citados tengan relación con ella, o quizás todos, puesto que fueron dignidades importantes en Santiago. Además, el hecho de que un breviario sea un libro de devoción privada facilita el cambio de manos como herencia o regalo. Esto indicaría también que ya en sus primeras décadas de existencia este códice se consideró de una riqueza y valor excepcionales.

Salvador Yzquierdo Peiró. Historiador

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Año Santo Compostelano, realidad única e inigualable

Hace ya bastantes años, cuando aún el fenómeno de la peregrinación a Santiago de Compostela no había alcanzado su dimensión cuantitativa actual, se preparaba la visita de San Juan Pablo II a la capital de Galicia. Estábamos en la década de los 80 del siglo pasado. Una anécdota ilustra muy a las claras cómo desde aquellos años se iniciaba una cierta tensión sobre la identidad y el significado del Camino de Santiago o, incluso, ciertos deseos de apropiarse una realidad que ya entonces se presumía podría tener importantes réditos turísticos y, por ello mismo, económicos.

Un gobernador civil de la época, con cierto aire de superioridad y afán de demostrar que era la Administración central quien tenía la sartén por el mango en la organización de la visita papal, preguntó a quien ahora es un conocido canónigo de la Catedral, encargado entonces por el arzobispo de representar a la Iglesia en las reuniones, lo siguiente: “… Y ahora, dígame usted, ¿qué es lo que está dispuesta a poner la Iglesia para colaborar?”.

Con una agilidad mental que dejó amplias sonrisas en los rostros del resto de los asistentes al encuentro de trabajo, y sin réplica al pretencioso y sorprendido funcionario, el representante de la Curia respondió no sin ironía: “Señor gobernador, la Iglesia pone al Apóstol”.

Pues eso, cualquier aproximación a lo que ahora se entiende como Xacobeo, no sería posible sin tener en cuenta el origen, el sentido y el significado en el plano religioso y espiritual del Año Santo Compostelano. Si hoy es evidente el esplendor y la pujanza de la peregrinación a Compostela, se debe a que este hecho turístico se apoya en una insoslayable verdad histórica: que Santiago alberga la tumba apostólica de quien fue uno de los “amigos predilectos” del Señor Jesús.

Turismo y peregrinación puede que no sean incompatibles, pero conviene advertir cuáles son sus diferencias y, sobre todo, aclarar cuál es causa y cuál efecto. Para ello, a modo de ejemplo, nada mejor que hablar desde un punto de vista turístico del Códice Calixtino, sabiendo que si se puede actuar de esta manera es porque el famoso códice que alberga el Museo de la Catedral compostelana no es causa de la peregrinación, sino mera consecuencia del hecho primordial del descubrimiento de la tumba apostólica de Santiago el Mayor.

El Códice Calixtino se escribe a mediados del siglo XII. En él se encuentra el texto más antiguo del Liber Sancti Iacobi. En su capítulo V se incluye la que pasa por ser la primera guía de viaje a Santiago. Allí el lector puede visualizar los lugares por los que transcurría la ruta a Compostela, el famoso Camino de Santiago, advirtiendo el autor a los peregrinos de los peligros y los riesgos que podrían encontrarse a lo largo de las distintas etapas.

Gelmírez y el II Marqués de la Vega Inclán, promotores turísticos

Un curioso personaje, tal vez algo desconocido, el II Marqués de la Vega Inclán, dedica al Códice Calixtino un discurso magistral en su toma de posesión como académico de la Real Academia de la Historia en el año 1927. Este extraordinario político, militar y estudioso de muy diversas disciplinas, Benigno Mariano Pedro Casto de la Vega Inclán y Flaquer (Valladolid, 29 de junio de 1858-Madrid, 6 de enero de 1942), fue una figura adelantada a su tiempo. Si de don Manuel Fraga, ex ministro de Información y Turismo y presidente de la Xunta de Galicia desde 1990 a 2005, se puede decir que fue el gran impulsor de España y Galicia como privilegiados destinos turísticos mundiales, del II Marqués de la Vega Inclán se ha de indicar con toda justicia que fue quien dio los primeros pasos para la proyección internacional de España como meta del turismo internacional.

Si bien es cierto que a lo largo del siglo XVIII había habido algún ejemplo notable de viajeros extranjeros en España, como el italiano Giuseppe M. Baretti, quien en Lettera famigliari describe sus andanzas por la península ibérica, no será hasta el XIX cuando el Romanticismo haga de España un destino viajero de sumo interés. Georges Borrow, autor del célebre libro La Biblia en España, es un preclaro protagonista de esas aventuras por tierras españolas, y gallegas. Pero era un turismo selectivo, únicamente disponible para espíritus aventureros y ciertamente con notables recursos económicos para cubrir los costes enormes de los traslados. Únicamente tras la dedicación del marqués de la Vega Inclán puede atisbarse el inicio, modesto pero duradero, de un incipiente turismo en España, abierto ahora a amplias mayorías sociales.

En la página web del madrileño Museo Romántico, del que fue fundador, se lee que “Benigno de Ia Vega Inclán fue uno de los protagonistas de la vida cultural española. A lo largo de sus 84 años de vida llevó a cabo infinidad de proyectos de la más variada índole, desde arquitecto y restaurador, hasta creador de instituciones culturales y museos… Sus inquietudes, centradas en la revalorización, conocimiento y difusión del Patrimonio Cultural Español, quedaron materializadas el año 1911 cuando, Alfonso XIII creó la Comisaría Regia de Turismo. Al frente de la misma se dedicó al estudio y promoción de los medios para el fomento del Turismo, que entendió, de forma precursora, como "turismo cultural". Aplicó una metodología turística innovadora, creando una cadena de alojamientos de variada escala (hoteles como el Palace fueron replanteados por él) y divulgando la cultura artística y las tradiciones” 1.

Baste señalar como muestra de ese empeño que el II Marqués de la Vega Inclán fue el promotor de la construcción del Parador de Gredos, el responsable de la creación del Museo de El Greco, de la restauración y valorización de la Sinagoga del Tránsito, en Toledo, o de la misma Alhambra granadina, sin olvidar su interés por la herencia romana de Mérida o por Santiago de Compostela.

En su ingreso en la Real Academia de la Historia, en esa intervención que titula Guía del viaje a Santiago (libro V del Códice Calixtino), explica que va a hablar del “capítulo más importante de la historia de los viajes en España”. Si tenemos en cuenta que sus palabras se pronuncian en 1927, el discurso semeja una especie de profecía sobre lo que, pasadas las décadas, sería el esplendor renovado del Camino de Santiago y el reconocimiento de la ruta, y de su meta, Compostela, como Itinerario Cultural Europeo.

En su intervención ante los académicos, Benigno de la Vega Inclán comienza señalando que “este Comisario del Turismo” se enorgullece de “considerar antecesor suyo en el cargo, nada menos que a D. Diego Gelmírez, primer arzobispo de Santiago allá en los comienzos del siglo XII”, para añadir que debería ser considerado “´egregio` primer Comisario del Turismo en España, pues el adjetivo ´regio` no le cuadra por sus desarmonías circunstanciales con la madre de Alfonso VII”.

¿Y por qué este auténtico visionario se atreve a hacer semejante afirmación, insinuando incluso que ya entonces había sus más y sus menos entre la Mitra y el Poder civil? Pues él mismo se responde en su discurso: porque “nadie hizo más por la peregrinación compostelana que Gelmírez. ¿Y qué fue la peregrinación sino la más formidable organización turística medieval conocida?”. Y añade: “¿Y que fue la peregrinación sino la corriente europea actuando sobre nuestra historia y sobre nuestra cultura?”. El marqués, tras resaltar la “importancia que no solo para España sino para el mundo occidental tuvo la peregrinación” - no hay que olvidar que se atribuye a Goethe la expresión “Europa se hizo peregrinando a Santiago”-, apunta que hay una deducción lógica para esta imponente realidad del Camino de Santiago. Y es la siguiente: “Si la peregrinación fue cauce por donde vinieron de Europa ideas y formas, también fue vía por la que marcharon al mundo formas e ideas nuestras”.

Una realidad con dos caras

En la contestación a su discurso, D. Julio Puyol y Alonso, alude a algunos comentarios que también había efectuado el marqués en su intervención, mostrando la doble cara del fenómeno de la peregrinación, donde al lado del espíritu religioso, el afán puramente mundano y la fragilidad humana se hacen también presentes. La cita de Puyo y Alonso es larga, pero ilustrativa de ese eterno conflicto entre el alto ideal y una realidad más prosaica, por puramente humana:
“La famosa peregrinación a Santiago, que hasta en el cielo tuvo una guía de estrellas, es tema interesantísimo de la Historia de España, felizmente desarrollado en uno de sus aspectos por nuestro nuevo compañero, quien al decir que aquellas peregrinaciones revelan una formidable organización turística medieval y que el arzobispo don Diego Gelmírez ha de ser reputado como su ilustre predecesor, acaso haya hecho algo más que sazonar su disertación con un donoso rasgo de humorismo, porque sin negar que eran miles de millares los que, movidos de su acendrada fe, acudían de todos los pueblos europeos a postrarse ante el sepulcro del Apóstol, no era tampoco escaso, antes bien, muy crecido el número de los vagabundos, truhanes y bigardos de ambos sexos (ya fustigados por Erasmo en uno de sus deliciosos ´Coloquios´, que emprendían la larga caminata, no tanto por causa de devoción, como por el deseo de ver tierra o de dar pábulo a su espíritu aventurero, máxime cuando se les brindaba con la posibilidad de salir sin blanca de sus casas y tornar a ellas con la bolsa repleta, gracias, de una parte, a la providente solicitud de los asilos y albergues del tránsito que les suministraban una ayuda de costa del sustento, y, de otra, a las limosnas de los cristianos compasivos, que al fin de la jornada, trocadas en monedas de oro, sacaban de España ocultas en el amañado bordón o cosidas en los pliegues de la esclavina.

Riquísimo filón, que parecía inagotable, fueron las peregrinaciones, así para Compostela, como para los lugares situados en los diversos caminos que a ella conducían”.

Esa tensión entre lo sagrado y lo profano, ya palpable en aquella Compostela surgida alrededor de la Catedral y de la espléndida obra del Maestro Mateo, también ha sido motivo de reflexión para el arzobispo de Santiago, monseñor Julián Barrio, en sus múltiples escritos jacobeos, Cartas Pastorales, conferencias o artículos. En uno de ellos, publicado en La Iglesia en los Caminos, un boletín editado por Acogida Cristiana en el Camino, el arzobispo recuerda que “la tradición jacobea está vinculada a la peregrinación a través de un camino hecho con las huellas de la fe y de la esperanza. La alabanza, la súplica y la confianza acompañan constantemente al peregrino. Peregrinar es mucho más que un deporte, una aventura, un viaje turístico a través de una hermosa ruta cultural en la que podemos admirar monumentos espléndidos testigos de la historia milenaria. No podemos hurtar a la peregrinación jacobea el alma humana y cristiana sin la cual el Camino sería una realidad inerte y sin la cual tantas realidades no encontrarían la explicación debida y ajustada. Cabe decir que este florecimiento en que se encuentra la realidad del camino está siendo utilizado desde otra vertiente, como la política cultural, la turística y la comercial2

.

Y se preguntaba qué puede “significar este acontecimiento en medio de la indiferencia religiosa actual, al menos oficialmente. La indiferencia religiosa es un fenómeno muy complejo. Las cuestiones religiosas afectan sobre todo a la raíz del ser humano. Se van expresando a lo largo de la historia en formas culturales, sociales, institucionales Y cuando hay un gran cambio histórico, como es el que hemos vivido en la cultura europea en los últimos treinta años, y en la vida española de forma mucho más radical, las expresiones religiosas quedan descarnadas de su anterior corporeidad y tienen que buscar unas nuevas. Estamos en ese momento de tránsito en el que no es fácil saber si es que no hay fe religiosa o es que esa fe, perdido un cuerpo anterior, aún no ha encontrado las expresiones”.

Recobrar el sentido de la peregrinación, a pesar del Covid

Ese valor inmenso de Compostela, y del Camino de Santiago, como lugar de búsqueda y espacio de encuentro desde una perspectiva más allá de lo puramente humano, es decir desde el ámbito de la transcendencia es, tal vez, el elemento clave que ha permanecido diáfano a lo largo de los siglos. Incluso cuando parecía que el sentido de la peregrinación y de la perdonanza del Año Santo Jacobeo, simbolizado en la indulgencia, se difuminaban ante el empuje de la modernidad, de un cierto retorno al paganismo o por el acoso del laicismo y del relativismo.

Por otra parte, a la innegable pujanza de la moderna peregrinación a Compostela, nacida sin duda del memorable discurso europeísta de San Juan Pablo II en la Catedral en 1982 y de la histórica Jornada Mundial de la Juventud en el Monte del Gozo de agosto de 1989, junto a la determinación del Gobierno de Manuel Fraga de promover turísticamente la Ruta Jacobea, aprovechando la cadencia de los Años Santos Compostelanos, le sobrevino el parón de la pandemia del Covid19. Cuando en diciembre de 2019 el arzobispo presentaba su Carta Pastoral convocando el Año Santo de 2021, nada hacía presagiar el drama de la pandemia ni los obligados cambios en la vida social derivados de las restricciones sanitarias.

La Carta con la que el arzobispo invitaba a preparar el Jubileo, con un lema ciertamente ilusionante, "Sal de tu tierra”, recobraba en aquellos momentos toda su actualidad. “Era como una especie de anuncio de lo que iba a ocurrir con los lamentables efectos de la pandemia, con las personas fallecidas, con los familiares heridos por el dolor, con las personas que han perdido sus trabajos y, lo que es peor, acaso sus esperanzas” 3 . El propio monseñor Barrio recordaba en una actualización de su Carta Pastoral que “hemos de tener cuidado en que la pandemia no se lleve consigo, junto con tantas vidas y la confianza en las relaciones humanas, también nuestra capacidad de pensar racionalmente”.

En su anexo a la Carta inicial, el arzobispo agradecía los gestos de solidaridad de aquellos terribles meses, que eran como semillas de la Buena Noticia: “Los esfuerzos que se vienen realizando para paliar las consecuencias de la pandemia muestran lo mejor del ser humano cuando colabora entre sí al bien común. Todo esto no deja de ser un reflejo del Reino anunciado por Jesús”.

Porque, efectivamente, “una lectura creyente de la realidad ayuda a no perder el sentido genuino del hecho jacobeo y a no confundir diferentes realidades: el Año Santo es un año de gracia que se regala a todo aquel que quiere acoger al Señor en su corazón, a través del Apóstol Santiago”3

La peregrinación a Compostela goza hoy de buena salud. El ansia de transcendencia sigue convocando a miles de peregrinos que continúan expresando con su caminar al sepulcro del Apóstol la inquieta búsqueda de sentido profundo en sus vidas, el ansia de forjar la historia colectiva y la biografía personal en sólidos pilares. Y las cifras de visitantes a la ciudad del Apóstol también revelan el éxito de la fórmula del Xacobeo como motor de desarrollo turístico y económico para la comunidad gallega. Algo ciertamente nada despreciable.

Y es que, como dice monseñor Barrio, más allá de los avances de la “tecnología y la electrónica, la movilidad y los viajes rápidos, la exploración del espacio y las superautopistas de la información, todo parece indicar que las personas buscan echar raíces en el suelo firme y estable de lo sagrado. Cuanto más rápidamente camina la humanidad, tanto mayor es la necesidad que siente de unos cimientos firmes… Las personas emprenden la peregrinación jacobea porque buscan y porque esperan encontrar lo que su mundo moderno no ha sido capaz de ofrecerles. El rito y el misterio de la peregrinación jacobea aparecen constantes a lo largo de la historia, independientemente de los cambios y avances culturales que se producen”4

.

Sí, el Año Santo Compostelano es la constatación permanente de que el caminante que hace la ruta tal vez sin un específico afán espiritual está invitado a entrar en la Plaza del Obradoiro, un nuevo “atrio de los gentiles”, y encontrarse con aquel peregrino de la fe que se ha puesto en camino para andar sus jornadas con la vista puesta en el sepulcro del Apóstol. Ambos, como buscadores de sentido, pueden compartir ante la Catedral la vía de la belleza, la via pulchritudinis, que conduce a la verdad.

En La Divina Comedia, el gran poeta Dante ponía en labios de Beatriz, refiriéndose a “Santiago de Galicia”, una oración que podrían compartir el recio caminante y el sincero peregrino: “Haz, Señor, que desde aquí resuene la esperanza”.

1 El fundador: II Marqués de la Vega-Inclán - | Ministerio de Cultura y Deporte

2 Boletín_ACC_nº_6_imprenta.pdf (catedraldesantiago.es)

3 “Una lectura católica de la peregrinación: no perder la identidad”, Javier Aguado, enero de 2021 en “Barca de Santiago”, Publicado el Nº 40 de la Revista Diocesana «Barca de Santiago» - Archidiócesis de Santiago de Compostela (archicompostela.es)

4 Intervención de apertura de Mons. Julián Barrio, arzobispo de Santiago de Compostela, en el IV Congreso de Acogida Cristiana en el Camino, octubre de 2016.

Javier Aguado,
Periodista

Comentarios (Año Santo Compostelano, realidad única e inigualable)

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El recorrido por el interior de la Catedral de Santiago nos permite admirar la arquitectura y piezas históricas de distintas epocas


CAPILLAS DEL INTERIOR

En las capillas del interior de la Catedral de Santiago, peregrinos de todas las nacionalidades encontraban a los santos de su devoción.



PLANO DE LA CATEDRAL DE SANTIAGO DE COMPOSTELA

Plano de la Catedral de Santiago de Compostela