Historia de la Catedral de Santiago
Toda la historia de la Catedral

Tras ser decapitado en Palestina en el año 44 d. C., sus discípulos Atanasio y Teodoro recogieron el cuerpo de Santiago y, según la tradición, lo colocaron en una barca que navegó a la deriva hasta las costas que el apóstol había predicado en vida: la Hispania romana. Tras arribar al Finisterrae y remontar la Ría de Arousa, depositaron el cuerpo en un mausoleo romano del siglo I situado en una necrópolis del bosque del Libredón. Durante siglos, aquella cámara subterránea fue visitada por una pequeña comunidad cristiana local, de la que apenas quedó rastro tras el siglo VIII.
Hacia el año 813 (algunas fuentes hablan de 820 o incluso 830) se produjo el hallazgo milagroso de las reliquias: un ermitaño llamado Pelagio vio signos celestiales —estrellas que se movían de forma extraña y cánticos angelicales— sobre el bosque. Avisó a su obispo, Teodomiro, con sede en la cercana Iria Flavia, quien comunicó el descubrimiento al rey astur Alfonso II "el Casto". El monarca ordenó levantar una primera capilla de piedra y barro junto al mausoleo. En el año 834, este templo recibió un Preceptum regio que lo convertía en sede episcopal, otorgándole poder sobre los territorios cercanos. A su alrededor comenzaron a establecerse los primeros pobladores y grupos monacales benedictinos encargados de custodiar las reliquias: los primeros pasos de la futura ciudad de Santiago de Compostela.
Cómo se construyó la catedral
Del primer templo del siglo IX a la transformación barroca.
Siglos IX a XI: los primeros templos
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Hacia 813
Hallazgo del sepulcro
Pelagio, el obispo Teodomiro y Alfonso II levantan la primera capilla.
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834
Sede episcopal
Un preceptum regio convierte el templo en sede de un obispo.
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872–899
Templo de Alfonso III
Iglesia de tres naves, en estilo visigótico.
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997
Almanzor
Arrasa el templo por completo.
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1003
Reconstrucción
Pedro de Mezonzo y Bermudo II lo levantan de nuevo.
Siglos XI a XIII: el románico
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1075
Comienza la catedral románica
Alfonso VI y el obispo Diego Peláez inician el cuarto edificio sobre el sepulcro del Apóstol.
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1168
El Maestro Mateo
Contrato con Fernando II. Construye la cripta, los últimos tramos de las naves y el Pórtico de la Gloria.
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1211
Consagración
La catedral se consagra el 21 de abril.
Siglos XIII a XVI: gótico y renacimiento
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Siglos XIII–XIV
Capillas góticas
Nuevas capillas sobre la base románica.
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1521–1590
Claustro plateresco
Obra de Juan de Álava.
Siglos XVII a XIX: barroco y redescubrimiento
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Siglos XVII–XVIII
Transformación barroca
Capilla Mayor con el baldaquino de Domingo de Andrade y fachada del Obradoiro de Fernando de Casas Novoa.
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1879
Redescubrimiento de las reliquias
Tras las excavaciones iniciadas en 1878, el 28 de enero de 1879 aparecen las reliquias del Apóstol.
La línea gruesa marca los hitos principales de la construcción.

Otras tradiciones sitúan a Santiago predicando en vida por la Costa da Morte, donde en Muxía se recuerda la aparición milagrosa de la Virgen sobre una barca de piedra para animarlo en su misión —hoy conservada junto al Santuario de la Virxe da Barca como la "Pedra de abalar"—, un relato hermano del de la Virgen del Pilar en Zaragoza.

Se consolidaron entonces las rutas que hoy conocemos: el Camino Francés, que unía cuatro vías procedentes de distintos puntos de Francia y confluía en Puente la Reina; el Camino del Norte por la cornisa cantábrica; la Vía de la Plata desde el sur; y el Camino Inglés, que recogía a los peregrinos que llegaban por mar a Ferrol o A Coruña desde Inglaterra, Irlanda o los países escandinavos —entre ellos Santa Brígida de Suecia, en 1341—.
El Camino no estaba exento de peligros: salteadores, timos y numerosos peajes obligaban al peregrino a ir prevenido, apoyado en su bastón y su bordón. Al llegar a Santiago, la concha de vieira —que ya cita el Códice Calixtino como abundante en la costa cercana— se convertía en la prueba de haber completado el viaje; con el tiempo, el certificado conocido como "la Compostela" complementó a la concha como acreditación oficial de la peregrinación.
El primer arzobispo de Santiago, Diego Gelmírez, impulsó con fuerza las obras de la catedral y logró del papa Calixto II el privilegio de los Años Santos o Jubilares. Es en este siglo cuando se escribe el "Libro V" del Códice Calixtino, considerado la primera guía de viaje europea, que documenta las rutas y recoge milagros atribuidos al apóstol protagonizados por peregrinos de toda Europa, incluidos reyes como Sigurd Jorsalfar de Noruega o Luis VII de Francia.

La primera iglesia de Alfonso II pronto se quedó pequeña. Entre 872 y 899, Alfonso III levantó un templo mayor de tres naves en estilo visigótico, hasta que en 997 el caudillo Almanzor la arrasó por completo. El obispo San Pedro de Mezonzo y el rey Bermudo II la reconstruyeron casi de inmediato, en 1003, pero el imparable crecimiento de las peregrinaciones exigía ya algo mucho más ambicioso.
En 1075, bajo el reinado de Alfonso VI y el episcopado de Diego Peláez, arranca la actual catedral románica —el cuarto edificio sagrado levantado sobre el sepulcro del apóstol—. Las obras se prolongan más de un siglo, marcadas por revueltas, escasez de recursos y el decisivo impulso del arzobispo Diego Gelmírez. Será el Maestro Mateo, contratado en 1168 por Fernando II, quien complete la obra: resuelve el desnivel del terreno construyendo una cripta, levanta los últimos tramos de las naves y culmina el conjunto con el Pórtico de la Gloria. La catedral se consagra solemnemente el 21 de abril de 1211.
A esta base románica se suman, siglo tras siglo, nuevas capas: capillas góticas en los siglos XIII y XIV, el claustro plateresco de Juan de Álava (1521-1590) y, sobre todo, la profunda transformación barroca de los siglos XVII y XVIII, que da a la Capilla Mayor su actual apoteosis dorada bajo el gran baldaquino de Domingo de Andrade, y a la fachada del Obradoiro su imagen más reconocible, obra de Fernando de Casas Novoa.
Casi mil doscientos años después del hallazgo de Pelagio, el sepulcro del apóstol sigue siendo el motivo que dio origen a la ciudad y a su catedral. Lo que empezó como una peregrinación local de gallegos y astures en el siglo IX se transformó, con el impulso de la Reconquista, la abadía de Cluny y el papado de Calixto II, en el mayor fenómeno de movilidad religiosa y cultural de la Europa medieval. Reyes, nobles, artistas y millones de peregrinos anónimos recorrieron sus rutas durante siglos, dejando a su paso estilos artísticos, hospitales, puentes y ciudades enteras que hoy configuran buena parte del mapa cultural europeo.

Ese legado ha sido reconocido oficialmente por el Parlamento Europeo, que declaró al Camino de Santiago Primer Itinerario Cultural Europeo, y por la UNESCO, que lo distinguió como Patrimonio de la Humanidad. Cada año, cientos de miles de peregrinos siguen llegando a la Plaza del Obradoiro por el Camino Francés, el Camino del Norte, el Camino Inglés o la Vía de la Plata, perpetuando un mismo gesto de fe y superación que atraviesa más de un milenio de historia.

En 1168, con las obras de la catedral avanzando a trompicones desde hacía casi un siglo, el rey Fernando II firma un contrato decisivo: encarga al Maestro Mateo —ya entonces al frente de la fábrica— que termine definitivamente la iglesia. Le concede una generosa pensión vitalicia, un detalle que por sí solo delata la fama que ya atesoraba este maestro de obras del que, paradójicamente, apenas conocemos su biografía.
Mateo se encuentra con un problema de partida: el terreno hacia el oeste desciende de forma acusada, y rellenarlo resultaba impensable. Su solución fue tan práctica como brillante: construir una cripta que sostuviera el peso de los últimos tramos de las naves, el Pórtico de la Gloria y la propia fachada. Aquel espacio subterráneo, que hoy visitamos como si de una "catedral en miniatura" se tratara, no era un simple sótano técnico, sino el primer capítulo de un mensaje que Mateo desarrollaría hasta su culminación: el ciclo del Apocalipsis, que debe leerse de abajo hacia arriba, desde el mundo terrenal de la cripta hasta la Jerusalén Celeste representada en lo alto del Pórtico.
El 1 de abril de 1188 se colocan los dinteles de esta obra cumbre de la escultura medieval, con sus estatuas-columna de naturalismo revolucionario para la época y sus bóvedas de crucería que ya anticipan el gótico. Al exterior, Mateo levantó una fachada que —fiel al Apocalipsis y a la tradición de que "las puertas de esta basílica nunca se cierran"— careció de puertas durante toda la Edad Media, dejando que la luz entrara libremente a través de un gran rosetón conocido siglos después como el "espejo grande". De aquella fachada medieval original, sustituida en 1738 por la actual fachada barroca del Obradoiro, apenas sobreviven algunos restos arqueológicos y dibujos de época.

En 1589, con la amenaza de un ataque del pirata inglés Francis Drake sobre Galicia, el arzobispo Juan de Sanclemente tomó una decisión drástica: ocultar las reliquias de Santiago para protegerlas de un posible saqueo. Las escondió cerca de su ubicación original, bajo la Capilla Mayor, y con el paso de las décadas —y las sucesivas generaciones de canónigos— su localización exacta terminó por perderse. Durante casi tres siglos, la certeza sobre dónde reposaban los restos del apóstol se convirtió en una de las grandes incógnitas de la catedral.
La búsqueda se retomó con seriedad a finales del siglo XIX, en un contexto en el que la propia autenticidad de las reliquias compostelanas empezaba a ponerse en duda. En 1878, unas excavaciones bajo el altar mayor dieron finalmente con el antiguo mausoleo romano —muy rebajado ya en altura por siglos de reformas superpuestas— y con los restos que la tradición identificaba como los del apóstol y sus discípulos Atanasio y Teodoro. El hallazgo fue examinado y finalmente reconocido oficialmente por el papa León XIII en 1884, justo a tiempo para relanzar con fuerza el Año Santo de 1885 y, con él, el fenómeno moderno de las peregrinaciones a Compostela.
Desde entonces, las reliquias reposan en una urna de plata realizada por el orfebre José Losada, visible hoy bajo la Capilla Mayor en el mismo espacio donde siglos atrás estuvo el mausoleo original. Es, en cierto modo, el cierre de un círculo que empezó con el hallazgo de Pelagio en el siglo IX: un sepulcro que se pierde y se vuelve a encontrar, dos veces, separadas por más de mil años de historia.

Desde entonces, la concha se convirtió en la prueba inequívoca de haber completado la peregrinación a Compostela. Los peregrinos las adquirían junto a la puerta Francígena, en la entrada de la catedral por donde desembocaba el Camino Francés, un comercio sobre el que el propio arzobispado llegó a tener el monopolio. Con el tiempo, desde el siglo XIII, el documento conocido como "la Compostela" fue complementando —y en parte sustituyendo— a la concha como certificado oficial de haber cumplido el Camino.
Existe además una idea muy extendida, aunque menos precisa, de que los peregrinos usaban la concha como cuchara improvisada por su forma cóncava. Aunque es cierto que pudo tener también ese uso práctico durante el viaje, el origen real de su significado jacobeo está en esta leyenda milagrosa, no en la cocina del camino.
Fuentes y bibliografía
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